No sólo deseamos hacer algo bien, es que lo necesitamos. Sin duda, ello no resolverá nuestras urgencias, pero será determinante para afrontarlas. Es importante ser capaz de realizar cualificadamente una actividad que sea socialmente provechosa. No nos referimos a una concepción mercantil de lo rentable, sino que se trata de algo que aporte a la sociedad, que dé respuestas a sus desafíos, que ofrezca nuevas posibilidades, que favorezca su progreso y su desarrollo, y el nuestro, y que genere condiciones de vida y de bienestar.
La reivindicación de los oficios y la lucha para que sean dignamente reconocidos, y retribuidos adecuadamente, ha de vincularse a las condiciones de profesionalidad para ejercerlos. No son tiempos fáciles ni siquiera para los oficios y las profesiones, pero ello no significa que hayamos de desconsiderar su importancia, su aportación, su sentido y su alcance. Nos encontramos en la tesitura de dar otras respuestas ante la emergencia de nuevas necesidades. Es indispensable atenderlas y siempre con la perspectiva de aportar innovación y progreso social. La labor cotidiana de estudio, de análisis, de investigación, abre camino, desde la ciencia y la reflexión, para que el trabajo realizado tenga todo su valor.
Un oficio es una forma de conocimiento y en gran medida un modo de vivirlo. La imprescindible labor de quienes lo enseñan, lo transmiten, lo generan, merece reconocimiento social. Crear condiciones para aprenderlo, para experimentarlo, para ejercerlo, ha de ser una tarea conjunta prioritaria. Hay cosas que se aprenden haciéndolas, pero incluso en ese caso las indicaciones y las explicaciones, las orientaciones y las precisiones, son decisivas para que el saber pueda incorporarse adecuadamente y, en su caso, ser recreado. Y ello requiere formación.
La consideración de la importancia y de la dignidad de los oficios y de las profesiones bien realizados, en condiciones sociales, jurídicas y políticas de justicia y de libertad es uno de los indicadores determinantes de los valores de una sociedad. Hemos de liberarnos de tantos prejuicios y caracterizaciones que desatienden la dimensión social y económica del trabajo bien hecho. Frente a la lectura pedestre de que sólo interesa lo que renta, no hemos de olvidar que generar saber y riqueza colectiva es efectivamente productivo, no sólo individualmente provechoso para quien busca aprovecharse, sino eficiente para promover el progreso y la oportunidad social.
La formación de personas profesionalmente competentes no es su simple “fabricación”. Ni la formación es sólo interesante cuando es directamente puesta en práctica, lo cual no significa que hayamos de desconsiderar su aplicación, repercusión y realización. No aprendemos únicamente para ejecutar lo aprendido, y así acabar con ello de una vez, como no leemos exclusivamente para copiar o citar textos. La formación tiene más alcance y sentido personal y social.
El asunto complejo e importante de la "sobrecualificación" tiene más que ver directamente con la organización de los estudios, de sus planes y de su eficiencia y programación, con la caracterización de las cualificaciones profesionales, con las demandas sociales de trabajo y con la "empleabilidad" y la falta de empleo, que con la incuestionable necesidad de formación cualificada.
Nunca tenemos “demasiada” formación, como nunca tenemos exceso de salud. Pero concebida la formación para ser seres humanos comprometidos, autónomos y libres, es indispensable que sea pertinente para el digno ejercicio profesional. Y que sea posible.
Si no se transmite el conocimiento y no se crea oportunidad con equidad, se produce resentimiento social. No hemos de olvidar que ello supone una enorme responsabilidad, la de vincular el trabajo a la creación de mejores condiciones de vida. Para empezar, para quien más lo precisa. Tal vez eso explica que cuando los traductores de De Officiis de Cicerón vierten ese título al castellano, dicen “De los deberes”, bien conscientes de que nuestra tarea no es sólo la de una pertinente labor profesional, sino la de ejercer como seres humanos nuestro oficio.
Ángel Gabilondo

