Incluso desde jóvenes somos ya mayores para alguien. Sin duda hay mucho que mejorar, ni el mundo nos apasiona, ni están las cosas para grandes celebraciones. Pero antes incluso de iniciar la retahíla de lo que es insoportable, que lo hay y no poco, resulta imprescindible agradecer lo que hemos recibido. Alguien ha hecho antes algo bien, incluso muy bien. Sólo desde este reconocimiento, que es la constatación de los múltiples bienes, valores y condiciones de vida que hemos recibido y recibimos, podemos, y desde luego debemos, luchar por la transformación de lo que nos parece inadecuado y, sobre todo, injusto.
Siempre nos cabe la triste consideración, que en algunos casos es permanente lamento, de que deberían habernos dado un contexto, un entorno y unas posibilidades más apropiados, Todo lo interesante fueron incapaces de procurárnoslo u obedecería a lo que hemos conseguido nosotros, y lo que no nos satisface sería obra de los demás, nunca cosa nuestra. Pero esta percepción de nosotros mismos como impecables es tan peligrosa como desatenta.
No faltan sin embargo quienes agradecidos reconocen las enormes dificultades, incluso las penurias vividas por sus mayores, algunos bien próximos, para lograr mejores condiciones sociales, económicas y políticas que aquellas en las que personalmente tuvieron que vérselas para, labrarse y forjarse –palabras de exigencia evidente- y no sólo para ellos, un cierto futuro, pero, nunca, un futuro cierto.
No es procedente ni realista reducir la labor de nuestros mayores a lo que nos ha sido transmitido. Singularmente, el afecto, las convicciones y valores, el conocimiento y, en definitiva, su forma de vida. También es decisivo, y más se disfruta si tenemos la satisfacción de saberlos cerca, su deseo de proseguir conociendo. En realidad, uno envejece cuando pierde la curiosidad, cuando deja de aprender. Sin duda, demasiados avisos, no sólo físicos, anuncian que ya no está para distracciones fatuas. Entonces, son menos las cosas que importan, pero éstas importan quizá más.
La salud es determinante y es mucho más que la carencia de enfermedades. Viene a ser equivalente a una existencia equilibrada y armoniosa y su cuidado es una tarea integral que alcanza toda la vida. Ser mayor es también haber podido llegar a serlo. Y haber sabido lograrlo.
La inseguridad, incluso la más personal, incluso la económica, se nutre de la fragilidad y del temor que se presentan con rostro de falta de salud y de una soledad a veces sin paliativos. Ni siquiera siempre la de no estar con alguien sino, en ocasiones, la de sentir que concretamente no resulta interesante lo que uno desearía decir, como si fuera en realidad más visto que escuchado y más aceptado con paciencia que comprendido. Esa sensación, tarde o temprano, conduce a una u otra forma de silencio.
Ocultos por el ir y venir de un aparente ajetreo, no pocos se limitan a residir y sobrevivir con enorme dignidad en compañía de quienes nunca saciarán esa soledad. Tal vez, en el mejor de los casos, ofrecerán algún alivio. Otros están simple y llanamente solos. Los convocamos con nuestros alicientes, esperando que sean suyos, con una llamada a una alegría de variedades, no siempre bien fundamentada, a una actividad importada de otras etapas y momentos, lo que les hace sospechar que deseamos, en ocasiones con bienintencionado desatino, que consuman su propia vida. Pero se reservan a su vez el derecho y la necesidad de rememorar con dignidad lo vivido, sin necesidad de suponer que ha sido simplemente soñado.
Bien es cierto que a veces la precipitación de una sociedad con otras prioridades e intereses acaba haciendo de nuestros mayores un “problema social” que ha de tratarse, se dice, con generoso altruismo, lo que por cierto, así planteado, enerva a los más despiertos. Sin duda es determinante la dimensión social que comporta la adecuada consideración de nuestros mayores, pero puestos a necesitar algo, no es conmiseración lo que desean, sino justo trato. Otra cosa es que no pocas veces lleguemos todos a precisarla en ciertas dosis.

Una sociedad productiva, empeñada en la rentabilidad y en la entronización de los más eficientes y competitivos no siempre es considerada para quienes no sienten tanto atractivo por participar y consumir en esa dirección. Sus verdaderos deseos y necesidades tienen otro alcance. Incluso la prioridad de mejorar sus condiciones de vida la leen de diferente modo, a pesar de la permanente invocación a hacerles sentir su “eterna juventud”. El ejercicio, la reflexión, la lectura son fecunda compañía, pero no siempre viable. En todo caso, nuestros mayores tienen en ocasiones ese aire transgresor de los valores y discursos dominantes, alimentado e iluminado con la lucidez de la experiencia vivida.
El verdadero termómetro del sentido humano y social radica en el modo de tratar y de incorporar a quienes, se dice, no son inmediatamente lucrativos. Sin embargo son imprescindibles y fructíferos también por lo que nos transmiten y nos otorgan, aquello que más necesitamos, cuanto afecta al sentido, al alcance, a la memoria del vivir. Y a lo que podría esperarnos.
(Imágenes: Tres pinturas de Andrew Wyeth, Wind from the sea; y personas mayores mirando por la ventana)
Ángel Gabilondo
Ocultos por el ir y venir de un aparente ajetreo, no pocos se limitan a residir y sobrevivir con enorme dignidad en compañía de quienes nunca saciarán esa soledad. Tal vez, en el mejor de los casos, ofrecerán algún alivio. Otros están simple y llanamente solos. Los convocamos con nuestros alicientes, esperando que sean suyos, con una llamada a una alegría de variedades, no siempre bien fundamentada, a una actividad importada de otras etapas y momentos, lo que les hace sospechar que deseamos, en ocasiones con bienintencionado desatino, que consuman su propia vida. Pero se reservan a su vez el derecho y la necesidad de rememorar con dignidad lo vivido, sin necesidad de suponer que ha sido simplemente soñado.
Bien es cierto que a veces la precipitación de una sociedad con otras prioridades e intereses acaba haciendo de nuestros mayores un “problema social” que ha de tratarse, se dice, con generoso altruismo, lo que por cierto, así planteado, enerva a los más despiertos. Sin duda es determinante la dimensión social que comporta la adecuada consideración de nuestros mayores, pero puestos a necesitar algo, no es conmiseración lo que desean, sino justo trato. Otra cosa es que no pocas veces lleguemos todos a precisarla en ciertas dosis.
Una sociedad productiva, empeñada en la rentabilidad y en la entronización de los más eficientes y competitivos no siempre es considerada para quienes no sienten tanto atractivo por participar y consumir en esa dirección. Sus verdaderos deseos y necesidades tienen otro alcance. Incluso la prioridad de mejorar sus condiciones de vida la leen de diferente modo, a pesar de la permanente invocación a hacerles sentir su “eterna juventud”. El ejercicio, la reflexión, la lectura son fecunda compañía, pero no siempre viable. En todo caso, nuestros mayores tienen en ocasiones ese aire transgresor de los valores y discursos dominantes, alimentado e iluminado con la lucidez de la experiencia vivida.
El verdadero termómetro del sentido humano y social radica en el modo de tratar y de incorporar a quienes, se dice, no son inmediatamente lucrativos. Sin embargo son imprescindibles y fructíferos también por lo que nos transmiten y nos otorgan, aquello que más necesitamos, cuanto afecta al sentido, al alcance, a la memoria del vivir. Y a lo que podría esperarnos.
(Imágenes: Tres pinturas de Andrew Wyeth, Wind from the sea; y personas mayores mirando por la ventana)
Ángel Gabilondo


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