Efectivamente, los conceptos no sólo describen lo que vemos, nos hacen ver, nos permiten ver. A veces no vemos por falta de teoría o porque ignoramos que ésta nutre, sustenta y se sustenta en la acción. Supongo que tampoco aclara el exceso, ni siquiera de luminosidad. Platón insiste literalmente en que al salir los liberados de la caverna “los ojos les hacían chiribitas”. Con tanto resplandor y tan poca resistencia a la luz, dado que nada opaco se les opone, no hay modo de ver. Conviene no olvidar que teoría originariamente significa mirada, un modo de contemplar o de considerar algo. De ahí la importante vinculación. Los trastornos de la mirada lo son de nuestros conceptos y viceversa. Por eso es tan educativo, para ver mejor y más justamente, cuidar y cultivar los conceptos y no desconsiderar la teoría. De lo contrario, uno termina por no ver. Por no ver lo que pasa, a quien pasa, lo que le pasa y lo que nos pasa.
La mirada puede acabar siendo plana o vacía, ya que pierde la capacidad de descubrir diferencias. No es inocente ni nuestra mirada ni lo son nuestras teorías. De hecho, no faltan quienes “deducen” de ellas lo que ven. Y con los mismos mimbres construyen relatos diferentes, traman e intrigan lo que las confirma. De ser así, sólo vemos lo que a nuestro juicio merece la pena verse, que reducimos a lo que nos interesa. Nuestro juicio se limita a nuestro prejuicio. Bien lo dice Saramago en su Ensayo: “creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que viendo no ven”. No queremos ver. No sólo es indiferencia, nos recuerda, también es ruindad. No son sólo los ojos, es el pensamiento, es el corazón.
En situaciones azarosas y complicadas no es fácil mantener abierta y despierta la mirada. Desconcertados, ni siquiera encontramos con naturalidad la mejor salida. Nos cuesta elegir y conviene no descuidar la mirada. En esos momentos se muestra cuál es nuestro modo de ver. No sólo hay distintos puntos de vista, hay también maneras bien diferentes de contemplar la situación.
Secada la mirada, no pocas veces extinta su dimensión social, ya no necesitamos insensibilidad ante ciertas situaciones, es que ni las consideramos ni las vemos, son paisaje malentendido. Lo que pasó ya ha pasado y lo que pasa ya pasará. Todo se vuelve escenario, entorno, contexto, incluso las personas y sus situaciones, todo es un efecto colateral. Encontramos “normal” determinados comportamientos o situaciones de necesidad, de exclusión, de violencia, de desamparo y de marginación. Convivimos con naturalidad con la miseria y la ignorancia, que atribuimos a la suerte, a la casualidad, al destino, o a la falta de esfuerzo. La mirada se amolda y cómodamente vivimos en la constatación, o bien de que siempre ha sido así, o de que no hay nada que hacer.
Desarrollar la mirada para sostener que hay asuntos intolerables, no sólo para la paciencia, sino también para la justicia, labra una mirada ética, la que es capaz de considerar que nada humano le es ajeno. Incluso en el extremo, el espejo invertido llega a encontrar razonable y conveniente la falta de oportunidad o el abandono, mientras nuestros ojos no se incomodan. Educar la mirada es también una labor de pensamiento, su cultivo permite contemplar la belleza, pero también considerar la justicia.
(Imágenes: Ilustración de Santiago Sequeiros, Personas con los ojos vendados; Georg Baselitz, sin título; y Fotografía de Lucas Dolega, sin título)
Ángel Gabilondo


No hay comentarios:
Publicar un comentario