10 de octubre de 2012

Luchar por algo.

Eduardo Naranjo manos
Cuando las circunstancias muestran de modo tan contundente hasta qué punto es indispensable luchar por lo que uno cree, por hacer valer sus razones, por no ocultarse, por lograr lo mejor de sí mismo, por una sociedad, por un mundo más libre y más justo, no son arengas lo que más se precisa. Ni reprimendas. En ello se juega uno su propia suerte y, aún más, el sentido de cuanto es y de cuanto hace. Tal vez, en todo caso, lo que sí se requiere es encontrar y compartir fuerzas y motivos, y sentir la complicidad y la compañía para una labor que, siendo personal, es asimismo colectiva.
No faltan tampoco estímulos y convocatorias para la resignación, para la claudicación, para la rendición ante el actual estado de cosas. Y desde luego suele hacerse invocando alguna forma de realismo. No está mal vincular esa lucha a la voluntad de lograr determinados resultados o de cumplir ciertos fines. No es indiferente tener proyectos y pelear por ellos, pero ese no es ni el último sentido ni el último alcance del luchar. Es preciso a su vez luchar por sí mismo, que no consiste en interesarse exclusivamente por los asuntos propios, sino en cuidarse para dar lo mejor de sí. Luchar por algoy, en el mejor de los casos, junto a alguien, con alguien, vincula como nada y da sentido a nuestra acción. No se trata de que la vida es lucha, que lo es. Es que luchar es vivir. A su modo define lo que resulta determinante. Y no sólo en nuestra existencia cotidiana, también en lo que la atraviesa y la desborda, como tarea de toda una vida. Ello permite luchar hasta más no poder. Pero no es indiferente por qué y cómo.
Desde luego, eso requiere esfuerzo, pero no entendido como la desaforada prosecución de lo que uno quiere, para lograrlo de cualquier manera, a cualquier precio, por encima de los otros, contra ellos. Y menos aún si a eso inadecuadamente lo llamamos competitividad o coraje. Luchar no impide colaborar en tareas comunes acordadas. Luchar no ha de ser una coartada para desconsiderar el esfuerzo conjunto y solidario, lo que exige reglas de juego y espacios comunes y oportunidades. De lo contrario, el aliento no pasa de ser una declaración de intenciones. Por eso, luchar es también procurar esas condiciones, buscarlas, crearlas, defenderlas, esto es, hacerlas valer.
Eduardo naranjo1976-Manos-tras-el-muroHablamos con razón de la importancia de generar confianza, de tenerla para alcanzar objetivos personales, sociales. Pero para ello es decisivo inspirarla, sentirla, poseerla. Y la confianza no es simplemente un estado de ánimo. Ha de hacerse valer y sustentarse con un combate permanente que en muchas ocasiones se sostiene en la coherenciay en la intensidad, en la persistencia, incluso en contextos absolutamente desfavorables. Y los hay. Y tantos como para no inculpar a quienes ya no tienen fuerzas, no las encuentran y tampoco se les ofrecen. Se trata de luchar lo que se pueda, todo lo que se pueda. Pero no pocos van más allá de lo que podría pedírseles, de lo que podrían pedirse. Y entonces no es cuestión de exigencia, sino de posibilidades. Hay quienes no sólo luchan contra las adversidades y buscan afrontarlas y remediarlas, sino incluso contra las desdichas, que en ocasiones más demandan sobrellevarse que resolverse.
Malentenderíamos el sentido de esta lucha si consideráramos que de lo que se trata es de ir generando enemigos o descubriendo lo que de ellos quepa en cada cual. Bastante tenemos con los hay. Uno es también de la altura de sus adversarios, de aquellos con quienes se mide, tanto como es lo que persigue, lo que busca y a lo que se entrega. Y más vale que sean molinos o gigantes que simplemente monstruos. No poco reiterada es la afirmación de Nietzsche en Más allá del bien y del mal de que “quien con monstruos lucha, cuida de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo también éste mira dentro de ti.” Y hemos de cuidar de que empeñados en la lucha contra algo o contra alguien no reproduzcamos en nosotros aquello que detestamos y creemos combatir. Es curioso escuchar descalificaciones de modos de ser y de proceder que se encarnan en el decir y en el hacer de quienes las denuncian. Y todos hemos de velar para que no nos suceda.
Pero, en todo caso, ni las dificultades ni los peligros ponen en cuestión el sentido y el alcance de esa lucha de excelencia que no es puro lograr resultados propuestos y medidos por otros, sino la calidad de hacer brotar lo mejor de uno mismo, de desarrollarse, de cultivarse, de no resignarse, de abrir espacios y tiempos, de desafiarse, de estar a la altura de los propios límites y limitaciones para, en su caso, desbordarlos. Esa sabiduría, la de una lucha que no se centra en reducirse a lo ya sabido, a lo ya hecho, a lo ya logrado, antes bien es permanente despliegue de sí, hace de alguien que sea verdaderamente atractivo y bello por el aspecto de su vivir.
Eduardo Naranjo 1974-las-manos-de-mi-madreY no pocas veces, algo hemos aprendido, algo hemos recibido, mucho, de vidas de esfuerzo y de lucha permanentes, en numerosas ocasiones generosas, sin demasiados aspavientos, para procurarnos una existencia sencillamente mejor. Ser ingratos con ello es ya merecer que en la lucha que Heráclito nos confirma como vida, en el decir que el lógos dirime, seamos siempre poco agraciados, por poco agradecidos. Y hemos de reconocer que no es menos luchador quien insiste con coherencia en sus tareas, en sus objetivos y en sus acciones, que quien irrumpe mediante una intervención puntual. Ni ambas cosas son incompatibles.
Por eso es tan decisivo, no sólo medir las fuerzas, también disponer de ellas, elegir dentro de lo viable lo que, si es preciso, no se paraliza ante el discurso de lo que otros consideran como posible, sino que lo escucha, lo atiende y lo cuestiona, sin resignación ante su suerte.
Las cosas no son fáciles, especialmente para muchos. Y ésta es la paradoja, que esta singularidad es cada vez más común. Y es necesario en cada situación tratar de desplegar todas las potencialidades para procurar mejores entornos y condiciones, y para hacernos capaces y dignos de nuestras propias acciones. Una sociedad que dice haber llegado ha asumido la injusticia que conlleva, del mismo modo que quien considera estar ultimado ha acabado consigo mismo. La permanente tarea de desarrollarse y de crecer, de aprender y de responderes la adecuada comprensión de lo que significa ser responsable. Y a veces movimientos supuestamente ínfimos procuran enormes desplazamientos y transformaciones. Esa lucha es el rostro de las acciones contundentes de paz que no gustan de gestos belicosos. Ser incansable luchador nos insta a pensar por el qué hemos de serlo. Y esto no pregunta sólo por el motivo sino por el hacia qué orientamos nuestras acciones.
5 de octubre: Día Internacional del docente
(Imágenes: Pinturas de Eduardo Naranjo, Manos atadas, 1975; Manos tras el muro, 1974; y Las manos de mi madre, 1976)
 
Ángel Gabilondo

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