Cuando las circunstancias muestran de modo tan contundente hasta qué punto es indispensable luchar por lo que uno cree, por hacer valer sus razones, por no ocultarse, por lograr lo mejor de sí mismo, por una sociedad, por un mundo más libre y más justo, no son arengas lo que más se precisa. Ni reprimendas. En ello se juega uno su propia suerte y, aún más, el sentido de cuanto es y de cuanto hace. Tal vez, en todo caso, lo que sí se requiere es encontrar y compartir fuerzas y motivos, y sentir la complicidad y la compañía para una labor que, siendo personal, es asimismo colectiva.
No faltan tampoco estímulos y convocatorias para la resignación, para la claudicación, para la rendición ante el actual estado de cosas. Y desde luego suele hacerse invocando alguna forma de realismo. No está mal vincular esa lucha a la voluntad de lograr determinados resultados o de cumplir ciertos fines. No es indiferente tener proyectos y pelear por ellos, pero ese no es ni el último sentido ni el último alcance del luchar. Es preciso a su vez luchar por sí mismo, que no consiste en interesarse exclusivamente por los asuntos propios, sino en cuidarse para dar lo mejor de sí. Luchar por algoy, en el mejor de los casos, junto a alguien, con alguien, vincula como nada y da sentido a nuestra acción. No se trata de que la vida es lucha, que lo es. Es que luchar es vivir. A su modo define lo que resulta determinante. Y no sólo en nuestra existencia cotidiana, también en lo que la atraviesa y la desborda, como tarea de toda una vida. Ello permite luchar hasta más no poder. Pero no es indiferente por qué y cómo.
Desde luego, eso requiere esfuerzo, pero no entendido como la desaforada prosecución de lo que uno quiere, para lograrlo de cualquier manera, a cualquier precio, por encima de los otros, contra ellos. Y menos aún si a eso inadecuadamente lo llamamos competitividad o coraje. Luchar no impide colaborar en tareas comunes acordadas. Luchar no ha de ser una coartada para desconsiderar el esfuerzo conjunto y solidario, lo que exige reglas de juego y espacios comunes y oportunidades. De lo contrario, el aliento no pasa de ser una declaración de intenciones. Por eso, luchar es también procurar esas condiciones, buscarlas, crearlas, defenderlas, esto es, hacerlas valer.
Pero, en todo caso, ni las dificultades ni los peligros ponen en cuestión el sentido y el alcance de esa lucha de excelencia que no es puro lograr resultados propuestos y medidos por otros, sino la calidad de hacer brotar lo mejor de uno mismo, de desarrollarse, de cultivarse, de no resignarse, de abrir espacios y tiempos, de desafiarse, de estar a la altura de los propios límites y limitaciones para, en su caso, desbordarlos. Esa sabiduría, la de una lucha que no se centra en reducirse a lo ya sabido, a lo ya hecho, a lo ya logrado, antes bien es permanente despliegue de sí, hace de alguien que sea verdaderamente atractivo y bello por el aspecto de su vivir.
Por eso es tan decisivo, no sólo medir las fuerzas, también disponer de ellas, elegir dentro de lo viable lo que, si es preciso, no se paraliza ante el discurso de lo que otros consideran como posible, sino que lo escucha, lo atiende y lo cuestiona, sin resignación ante su suerte.
Las cosas no son fáciles, especialmente para muchos. Y ésta es la paradoja, que esta singularidad es cada vez más común. Y es necesario en cada situación tratar de desplegar todas las potencialidades para procurar mejores entornos y condiciones, y para hacernos capaces y dignos de nuestras propias acciones. Una sociedad que dice haber llegado ha asumido la injusticia que conlleva, del mismo modo que quien considera estar ultimado ha acabado consigo mismo. La permanente tarea de desarrollarse y de crecer, de aprender y de responderes la adecuada comprensión de lo que significa ser responsable. Y a veces movimientos supuestamente ínfimos procuran enormes desplazamientos y transformaciones. Esa lucha es el rostro de las acciones contundentes de paz que no gustan de gestos belicosos. Ser incansable luchador nos insta a pensar por el qué hemos de serlo. Y esto no pregunta sólo por el motivo sino por el hacia qué orientamos nuestras acciones.
5 de octubre: Día Internacional del docente
(Imágenes: Pinturas de Eduardo Naranjo, Manos atadas, 1975; Manos tras el muro, 1974; y Las manos de mi madre, 1976)
Ángel Gabilondo


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