Ángel Gabilondo
En la vida, no siempre se gana. Sin embargo, y aunque ello no consuele, ni siquiera en su final todo se echa necesariamente a perder. Y no simplemente, como se dice, porque no nos pueden quitar lo vivido, aunque no falten expertos en desvivirlo para revivir sus preferencias, sino porque la proyección del vivir se expande más allá de quien la ha impulsado. Y esa proyección quizá pervive, incluso en las más duras derrotas. Esta palabra habla de un revés, de una ruptura. Pero cabe perder sin caer derrotado, si ello sirve para fortalecer el establecimiento de líneas y asentar rumbos. Esto es, para marcar derroteros.
Tampoco siempre es fácil calibrar los efectos y el alcance de perder, pero suele coincidir con que ello supone no haber ganado. Y asimismo es necesario verlo con perspectiva, con horizonte, con serenidad. Aunque en tal caso podría ocurrir que en lugar de alcanzar algún sosiego se ahondara aún más la herida, es imprescindible hacerlo. Cabría intentar no planteárselo en esos términos, pero no suele ser fácil si se trata de una contienda, por muy sana que sea, de una elección, por muy local que nos parezca, si denota alguna preferencia, aunque de ella no se deduzca ninguna descalificación para quien no logra la confianza mayoritaria. O, en su caso, la confianza personal.
No hay que descartar que, aunque se gane, también se puede estar perdido. Y entonces, sí que estamos perdidos de verdad. Más aún, y precisamente por ello, si estamos perdidos, ¿quiénes los estamos? Nosotros. ¿Y quienes somos nosotros?, se dirá. Michel Foucault considera que la pregunta decisiva del pensar es hoy: "¿Quiénes somos en este preciso momento de la historia?". Es una pregunta por nosotros mismos y por nuestro presente. Y hemos de pretender siquiera balbucear una respuesta. De no hacerlo, estamos desorientados. Y no es una cuestión geográfica. Kant se interroga sobre “¿Cómo orientarse en el pensamiento?”. Y podría parecer que se trata de otra cosa, pero va de eso, de pensar. Y de admitir “lo que os parezca más auténtico luego de un examen cuidadoso y sincero. Pero no neguéis a la razón lo que hace de ella el bien supremo sobre la Tierra, a saber, el privilegio de ser la última piedra de toque de la verdad”. En su opinión, sólo así nos libraremos de ensoñaciones y de desvaríos. Ello exige la libertad de comunicar públicamente los pensamientos, determinante para la libertad de pensar. Pero si de espíritu crítico se trata, su primera dimensión es atender a los hechos. Y asimismo no quedar cegado por ellos.
Por eso, lo peor no se reduce a perder. Lo peor es no haber ganado. Y no por las supuestas prebendas o ventajas que ello pudiera implicar, sino por las tareas y proyectos que no se desarrollarán de acuerdo con las convicciones y valores de quienes no son elegidos. O más exactamente, de lo que ya no se hará. O de lo que, por el contrario, se realizará en otra dirección. Por lo que se dejará de hacer o por lo que en contrapartida se llevará a cabo. Por lo que no ha convencido lo dicho o porque no ha llegado en verdad a comunicarse, a relacionarse con la vidas de quienes no nos han preferido. Y no pocas veces nos vemos en tesituras semejantes en nuestra vida cotidiana.
Siempre cabe pensar que no es para tanto, que finalmente no supondrá
singulares diferencias para los otros, pero en tal caso
merecería pensarse por qué entonces tenemos tales preferencias, o por qué
precisamente unos en concreto no han resultado elegidos. No ha sido un azar,
sino una decisión. Y a las buenas razones para buscar ser apoyado han de
contraponerse a su vez las buenas razones para que eso no haya sucedido. Ignorar
los motivos es en cierto sentido desconsiderar en su integridad
las acciones y reducirlas a actos y a hechos. Y, al atender los argumentos,
pronto emergen las distinciones.
Algo tiene siempre la pérdida de extravío. Y es mayor cuando no queda suficientemente claro respecto de qué. En tal situación, cabe el amparo de la comparación, con otras veces, con otros resultados, con ocasiones no siempre fácilmente conmensurables. Quizá sosiegue enumerar errores, o hacer un listado de causantes, de presuntos culpables, o fustigarse en el desastre ocurrido, o valorarlo sin llegar a considerarlo siquiera para tanto. Y no ha de descartarse que quien no disponga de mejores ocupaciones se detenga en tales tareas. O que todo venga a ser una gran ceremonia en la que medir más poderes que valores. Y tal vez todo ello sea necesario, incluso imprescindible. En cierto modo, es lo que hacemos en nuestra vida cuando las cosas no resultan como esperamos o como deseamos.
Puede ocurrir sin embargo, por otra parte, que uno se halle perdido, no porque no encuentre el sitio que persigue, sino porque zozobra respecto del lugar al que desea acceder, porque duda y, lo que sería aún peor, porque lo ignora. No es poco conocer lo que en modo alguno se pretende. Aunque parezca extraño, a veces ayuda mucho saber a dónde no se quiere ir para, al menos, no encaminar torpemente los pasos. Y si cada quien pretende lograrlo solo, o aisladamente, o lo persigue junta y colectivamente.

La importancia de saber empieza por establecer conjuntamente al menos ciertas referencias. A veces perder no hace sino confirmar alguna desorientación. Y a veces ganar, también la ratifica, aunque otra. Pero es indispensable creer con Kant que “la razón humana no deja jamás de tender hacia la libertad”. Y puestos a no perder por estar perdidos, el descreimiento en esta íntima relación entre razón y libertad, por muy compleja que resulte, por muy poco definida que se nos ofrezca, es la clave de cualquier desorientación. “Si no, indignos de esa libertad, seguramente la perderéis, y arrastraréis en esa desgracia a vuestros semejantes que son inocentes y estarían seguramente dispuestos a servirse legítimamente de esa libertad y, así, a usarla con el fin del bien de la humanidad”
Para orientarnos hemos de encontrar a partir de qué hacerlo. “Si veo
ahora el sol en el cielo y sé que ahora es mediodía, entonces sé encontrar el
sur, el oeste, el norte, el este. Pero para eso necesito absolutamente el
sentimiento (Gefühl) de una diferencia en mi propio sujeto, a saber, la
diferencia entre la mano derecha y la mano izquierda”. Sin tal sentimiento
no encontraremos diferencia alguna. Y retorna la necesidad de marcar
derroteros, antiguamente comprendidos como “caminos abiertos rompiendo
los obstáculos”. En realidad, se trata de dar con la forma de navegación
adecuada. Y si ya están bien marcados, es cuestión de remarcarlos.
Cosas nuestras. Y cosas de Kant. Pero, de ser nuestras, cabe
preguntarse de nuevo: ¿quiénes somos nosotros?
(Imágenes: Fotocomposiciones de Evgenij Soloviev; Time manager; Episode; y Passengers)
Algo tiene siempre la pérdida de extravío. Y es mayor cuando no queda suficientemente claro respecto de qué. En tal situación, cabe el amparo de la comparación, con otras veces, con otros resultados, con ocasiones no siempre fácilmente conmensurables. Quizá sosiegue enumerar errores, o hacer un listado de causantes, de presuntos culpables, o fustigarse en el desastre ocurrido, o valorarlo sin llegar a considerarlo siquiera para tanto. Y no ha de descartarse que quien no disponga de mejores ocupaciones se detenga en tales tareas. O que todo venga a ser una gran ceremonia en la que medir más poderes que valores. Y tal vez todo ello sea necesario, incluso imprescindible. En cierto modo, es lo que hacemos en nuestra vida cuando las cosas no resultan como esperamos o como deseamos.
Puede ocurrir sin embargo, por otra parte, que uno se halle perdido, no porque no encuentre el sitio que persigue, sino porque zozobra respecto del lugar al que desea acceder, porque duda y, lo que sería aún peor, porque lo ignora. No es poco conocer lo que en modo alguno se pretende. Aunque parezca extraño, a veces ayuda mucho saber a dónde no se quiere ir para, al menos, no encaminar torpemente los pasos. Y si cada quien pretende lograrlo solo, o aisladamente, o lo persigue junta y colectivamente.
La importancia de saber empieza por establecer conjuntamente al menos ciertas referencias. A veces perder no hace sino confirmar alguna desorientación. Y a veces ganar, también la ratifica, aunque otra. Pero es indispensable creer con Kant que “la razón humana no deja jamás de tender hacia la libertad”. Y puestos a no perder por estar perdidos, el descreimiento en esta íntima relación entre razón y libertad, por muy compleja que resulte, por muy poco definida que se nos ofrezca, es la clave de cualquier desorientación. “Si no, indignos de esa libertad, seguramente la perderéis, y arrastraréis en esa desgracia a vuestros semejantes que son inocentes y estarían seguramente dispuestos a servirse legítimamente de esa libertad y, así, a usarla con el fin del bien de la humanidad”
(Imágenes: Fotocomposiciones de Evgenij Soloviev; Time manager; Episode; y Passengers)


No hay comentarios:
Publicar un comentario