15 de noviembre de 2012

Muy divertido

 

El salto del ángel
 
 
Astrid-Korntheuer Naturalezas Muertas
Ni es fácil ser divertido, ni es fácil divertirse. Ni está claro en qué consiste, ni cómo lograrlo, ni parece que se consiga tantas veces como se dice o se pretende. Ni qué se busca o se persigue con ello. Puede pensarse que son demasiadas cuestiones para que algo resulte efectivamente divertido, que la cosa es mucho más sencilla y que una de las claves consiste precisamente en no andarse con tantos rodeos y miramientos. Que divertirse es pasarlo bien, y ya está. Pero en tal caso, las complejidades no son menores y los efectos no son tan evidentes. Y las consecuencias no siempre son agradables. Ni soportables.
A veces, más parecería que de lo que se trata es de que lo que nos pasa no nos pase, como si bastara su desconsideración para que no ocurriera. Entonces, la diversión consistiría sencillamente en ser distracción, entretenimiento. No es que no tengan relación, pero queda por ver si ello es suficiente. Porque, en última instancia, el necesario olvido puede no ser sino la antesala de la presencia aún más contundente de lo supuestamente olvidado. Y, una vez más, todo se reduce a pretender huir de una u otra forma de aburrimiento. Es como si fuera cuestión de desvertebrar lo que se nos ofrece articulado para que resulte divertido.
La necesidad de divertirse tiene que ver con una cierta urgencia de diversidad, incluso de ser otros, pero en ocasiones parece buscarse más en la generación de su pérdida. Deseando ser singulares nos entregamos a una indiscriminada fusión en una confusión. Este divertimento no provoca esa diversidad sino cierta igualación, que asimismo ofrece sus frutos de alguna confortable comodidad, la de una liberación de ciertas presiones cotidianas. Sin embargo, con ello uno viene a ser producto y consumidor en el gran supermercado de la diversión.
No es cuestión de minusvalorar la urgencia de la diversión, ni de ignorar los efectos de su sustitución por modalidades cuyos resultados merecen consideración, ni de proyectar nuestras concepciones particulares, de época o de mentalidad, sobre las formas o estilos que en cada caso adopta. Lo más inquietante es que no pocas veces la diversión no divierte.Y no porque parezca por insistente una perversión, sino porque no vierte versión alguna distinta y confirma lo que es sin recrearnos. Es un mover que no mueve, que no nos mueve. Ni es preciso que sea llamativa o extravagante, ni basta con ello. También en esto nos encontramos con una cierta diversión de supervivencia. Cuando los tiempos son complejos y difíciles sufre hasta la diversión, que se aplana sin diversidad.
Astrid Korntheuer Nature Morte 92
No es que pretendamos ofrecer diversidad, malentendida como complicación, a lo que precisamente habría de aspirar a una mayor sencillez. Ni es cuestión de dar una supuesta profundidad a algo que puede resultar atractivo e interesante en su efecto de espuma de superficie. En todo caso, no se trata tampoco de tipificar la diversión y de expedir certificados de lo que haya de serlo, reducida a lo que cabe en un catálogo de variedades. En este aspecto, como en tantos otros, ha de evitarse el proteccionismo controlador, pero también el desamparo social. Y en esto asimismo se necesita crear condiciones, garantizarlas. Aprender a divertirse es un desafío, y no de menor envergadura. Y no es tan cierto que no requiramos ayuda para lograrlo. Pero no siempre encontramos la mejor. Desde bien temprano decimos y escuchamos decir “me aburro”, entre la ocupación y la desocupación, tanto como en su seno. Tal parecería entonces que no hay nada que hacer, ni por quien lo dice, ni por quien lo escucha. Y no muy tarde empezamos a vislumbrar que transmitimos la impresión de que algo sólo es divertido si se sitúa al margen de toda responsabilidad.
Descartesnos recuerda en su Compendio de Música que incluso para el placer “se necesita una cierta proporción del objeto con el sentido mismo”, lo que propicia que “en todas las cosas la variedad es muy agradable”. Sobre estos cimientos, y ya en el final de las Pasiones del alma, subraya que la sabiduría produce como resultado “la dicha y el gozo de todos”. No es imprescindible inscribirse en estas consideraciones para reconocer hasta qué punto la diversidad compartida es clave de la diversión. Y la diversidad no es simple ausencia de la monótona uniformidad, sino que, más aún, procura hacer versiones diferentes de uno mismo, hasta el punto de provocar verdaderas transformaciones. Tales versiones son vértebras que articulan otra realidad. Y no se trata sólo de las diversas diversiones, sino de esa diversión que sólo es divertida si nos diversifica. De lo contrario, plana y planificada, y no siempre ni siquiera por uno mismo, se ofrece para ser consumida. No hay proporción, sino para cada cual su porción adecuada. Y entre los restos podrían diseminarse residuos de nuestra propia libertad.
Astrid Korntheuer Nature_Morte_41
Incluso no faltan quienes ofrecen en qué ha de consistir y tipifican y estandarizan el modo de divertirse. Se llega a pretender establecer, con no poco éxito, una monocolor manera de hacerlo. Y una uniformidad es sustituida por otra, lejos de toda pluralidad de modalidades. Surge así el negocio del ocio, entendido en ocasiones como la anulación personal en un consumo que no es recreación, que esla negación del ocio. Y quizá ya solo cabe buscar acercarse, juntarse, empujarse, tocarse, pretendiendo garantizarse otro hogar, el de los afectos en el calor de los cuerpos y de las almas confundidas, en una disolución más colectiva que común. Todo ello al abrigo del culto a la diversión permanente. Y ahí no basta con descalificar esa necesidad. Se trata de ver si somos capaces de procurarnos otros caminos. O de celebrar lo que hemos sabido darnos y ofrecer. Pero no siempre parece haber motivos para esta celebración.
No es fácil, por otra parte, transmitir aquello que ni siquiera socialmente hemos sido capaces de abordar. La razonable fuga de la incomodidad y la búsqueda de espacios gratificantes nos han conducido a considerar que si no es divertido, no es interesante. Hasta el punto de culpabilizar a quien no nos divierte. Atractivo o importante viene a requerir ser divertido. Todo ha de serlo. Se incorpora la noción de tiempo libre, no ya sólo como tiempo liberado de ocupaciones, sino exento de toda responsabilidad, sin atenerse a las consecuencias o a los efectos de nuestras propias acciones.
Ocupados en nuestra propia diversión, sin saber muy bien cómo lograrla, salvo en protocolos ya previamente establecidos para ser adquiridos, incluimos en ella la desatención de quienes tal vez precisan más del legado de un ocio plural, activo y fecundo. La pérdida de esta noción de ocio provoca el amontonamiento en el que conjuntamente nos hallamos, en ocasiones sin encontrarnos. Es como si ellos, quienes tal vez esperan algo de nosotros, no supieran sino reproducir nuestro propio desconcierto. Y entonces lo divertido viene a ser “muy divertido”, demasiado, tanto que suele significar que, quizá, ya no lo es.

(Imágenes: Astrid Korntheuer, de la serie Natures Mortes, 105, 92 y 41, año 2009)

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