20 de mayo de 2012

Viñetas.

Es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda.

Upton Sinclair




"La civilización es una conquista muy vulnerable"

Pedro Olalla, embajador del helenismo

Tengo 46 años.                            
Nací en Asturias y vivo en Grecia.
Soy escritor y helenista.
 Estoy casado y mis hijos son atenienses: Arcadio y Leandro (13), Silvano (7) y Asterio (2). ¿Política? Contra la injusticia y la ignorancia.
 Soy tan defensor de la fe como detractor de la religión


Foto: Jordi Play

Qué le debe Occidente a los antiguos griegos?Todo lo que significa civilización (¡o casi!).

¿Todo?
¡El sentido de individuo! El individuo como átomo social, es decir, el concepto de ciudadano.

¿Ahí está todo?
Es el rasgo que singulariza a la cultura occidental, que la distingue de las demás.

¿Qué más nos legaron los griegos?
Ideas derivadas de ese rasgo: isonomía, isopoliteia, isegoría, parresía.

Traduzca.
Isonomía: igualdad ante la ley. Isopoliteia: igualdad entre ciudadanos. Isegoría: igualdad en el uso de la palabra. Parresía: atreverse a hablar para defender la verdad.

¿Cuándo se alcanzan tales logros?
En el siglo V a.C., en la ciudad de Atenas.

¿Adónde me llevaría para visualizarlo?
A la colina de Pnyx, frente a la Acrópolis, porque ahí se reunía la asamblea, es decir, la ciudadanía... para votar los asuntos de la polis (ciudad) a mano alzada.

Ahí arranca la política...
Y la democracia originaria. Y erigirán el Partenón para celebrar la polis como espacio independizado de la naturaleza y de los dioses, un espacio en el que impera la humana voluntad, un pacto entre iguales.

¿Por qué tamaño logro cristalizó en aquel momento y en aquel lugar?
¿Y por qué no en otro tiempo y espacio...? Suele decirse que tras la victoria sobre los persas sobrevino un periodo de paz y prosperidad... que propició esos logros. Pero...

¿Qué?
¡Demasiado simple! Ya hubo antes otras victorias y periodos de paz y prosperidad... ¡y no engendraron la democracia!

¿Un misterio, pues?
Yo miraría hacia atrás, hacia Homero...

¿Y qué encontramos?
Homero (s. VIII a.C.) deja de cantar a los dioses... ¡y su obra es ya un canto de amor al ser humano! A lo universal en todo hombre...

Hermoso.
Esa pasión nueva será siempre la punta de lanza del espíritu griego, su hilo conductor.

Humanismo.
Buscar la verdad en libertad mediante el diálogo. Un concepto homérico latirá en toda la tradición griega: Aein Aristeyein.

Traduzca.
Dar siempre lo mejor.

¿Ahí radica nuestro ADN, entonces?
Sí, y lo griego está tan incorporado en nuestro cerebro y acervo... ¡que ni lo vemos!

Por ejemplo, ¿qué más viene de allí?
La historia. La comedia. La tragedia. La lírica. La épica. La medicina. La geometría. La matemática. La biblioteca. La filosofía...

Siga, siga...
El pensamiento estético. El pensamiento científico... ¡Hasta el cristianismo es una religión griega!

¿Ah, sí? ¿No es judía?
Nace como secta judía, pero los Evangelios están en griego, y Pablo -judío con ciudadanía romana y cultura griega- cambia al Mesías terrenal por el logos metafísico... ¡y la convierte en religión nueva y universal!

¿Lo griego era entonces lo universal?
Claro: Alejandro había llevado lo griego hasta el Himalaya. La cultura griega queda abierta a lo nuevo: eso es el helenismo.

¿Y eso llega hasta hoy?
Pasando por el Renacimiento -Boccaccio y Petrarca se alían para traducir La Ilíada- y la Ilustración: ¡el espíritu del humanismo!

¿En qué consiste el helenismo?
Es una fuerza que impulsa a los espíritus más generosos y valientes a la libre búsqueda de lo mejor.

¿Qué es lo mejor?
La civilización, que es la unión de los hombres contra la barbarie, es decir, contra la injusticia y la ignorancia.

¿Cuál es nuestro grado de civilización?
Frágil..., ¡como siempre! Porque la civilización es una conquista muy vulnerable: ¡por eso hay que defenderla cada mañana!

Aquel brillo de la Atenas de Pericles...
Fabuloso, pero..., pero Pericles tuvo que desterrar al lúcido filósofo Anaxágoras (para evitar que la asamblea de Atenas lo ejecutase... ¡por haber ofendido a los dioses!).

Vaya... ¿Qué nos enseña esto?
Que hasta en la esplendorosa Atenas democrática había superstición y fanatismo. ¡La pugna civilización-barbarie es sempiterna!

Nada está ganado para siempre.
Nos lo enseña la historia: ¡humildad! El humanismo ha sido siempre la actitud de unos pocos resistentes contra la barbarie. En la Atenas clásica y en la Atenas actual.

La Atenas de hoy, dominada por los mercados: ¿son una forma de barbarie?
La ciudadanía abdicó de su soberanía en favor de políticos... que endeudaron a todos (por sus compromisos con élites financieras)... y ahora hemos quedado rehenes de las élites financieras, que nos humillan.

Un 8% de los griegos vota neonazi...
Una población descontenta es fácilmente excitable por su lado más insolidario y racista. Un lado que sale ahora del armario...

¿Qué pasará en Grecia?
Me inquieta que la izquierda no se haya coaligado, pese al empobrecimiento creciente: ¿qué más tiene que pasar? ¿Hasta dónde tienen que humillarnos? ¿A qué esperamos los europeos para unirnos contra el abuso?

¿Qué podríamos perder, sin unión?
No el dinero... ¡sino la libertad... que tantos siglos nos ha costado conquistar!


Historia menor

Pedro Olalla era un niño asombrado y feliz en los prados astures. Un día leyó nombres que excitaron su imaginación: Ítaca, Parnaso, Ninfa, Pan, Eleusis, Ténaro, Aqueronte... Y quiso saber qué había detrás de cada uno. Su atracción por la cultura griega le llevó a ser un brillante divulgador del helenismo, mediante libros y documentales que le han valido ser laureado por la Academia de Atenas, y a lucir con orgullo el título honorífico de embajador del helenismo. Ahora ilumina la historia del helenismo con un libro espléndido, de gran calado cultural, sucesión de breves estampas: Historia menor de Grecia (Acantilado), que subtitula así: Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos.

Entrevista: Víctor-M. Amela
www.lavanguardia.com

"Nunca pierdas el tiempo con algo en lo que tú no creas"

Dan Fante, escritor

Tengo 68 años. Nací y vivo en Los Ángeles.
Casado desde hace 10 años con mi cuarta mujer, tenemos un hijo de 7 años.                            
Mi universidad fue ser taxista en Nueva York: es duro.
De izquierdas.                            
Cuando dejas el alcohol tienes que volver a nacer, y en mi segunda vida soy creyente



Foto: Xavier Gómez

Cómo arrancaría la novela sobre su propia vida.Un tipo que está siempre borracho y lleva una pistola. Un tipo muy destructivo que tras veinte años de locura consigue cambiar el rumbo de su vida.

¿Cómo?
Escribiendo sobre la persona que había sido.

¿Un niño solo?
Muy solo, vivía refugiado en la fantasía, inventaba personajes con quienes jugar y hablar. El problema era añadir a mis juegos personas reales.

¿Mal estudiante?
Lo suspendía todo menos la literatura; iba a un colegio de curas irlandeses que nos golpeaban y no tenían sentido del humor.

¿Padre alcohólico?
Más o menos, bebió demasiado, pero no tanto como yo. En los años 50, en Los Ángeles, beber iba asociado a escribir y crear.

Entonces, ¿lo llevaba en los genes?
Sí, cuando bebo una copa de vino me siento como Superman: soy un poeta, un genio...

¿Cuántos oficios ha ejercido?
Quizá cien. Mi preferido fue el de vendedor ambulante de pulseras 'no me olvides' en Nueva York. Se las vendía a secretarias de altos edificios. Ganaba mucha pasta, pero me metían en la cárcel una vez por semana.

También fue taxista.
Sí, y detective privado, acomodador de cine y, lo peor: limpiador de ventanas de edificios de 80 plantas. Imagíneselo: diciembre, el agua resbalándote por los brazos y congelándose en las mangas. Un día me quedé colgando y abandoné. ¿Sabe lo que he aprendido después de tanto trabajo precario?

¿Qué?
Que somos todos niños bonitos intentando recordar que somos niños bonitos.

¿...?
Creemos que los humanos somos muy complicados, llenos de pasiones, pero en nuestros corazones sólo queremos pertenecer a algo, estar en paz, ser amados y amar.

¿Cuándo supo que era un alcohólico?
Tenía poco más de 20 años, pero era mi secreto. ¿Conoce el libro Dr. Jekyll y Mr. Hyde? Ahora soy amable, pero si me da tres copas me vuelvo un energúmeno.

¿Cuánto duró?
Veinte años, era un loco: dos personas en una que no se llevan bien. En algún momento entendí que si seguía me iba a matar.

Entre tanto, tuvo cuatro mujeres.
Un matrimonio no superó el mes, otro no llegó a los tres meses. Mi verdadero amor estaba dentro de un vaso y no de un cuerpo.

¿Y mientras tanto escribía?
Existe la idea poética de que los escritores ebrios crean, pero es ridícula. Abandoné el alcohol a los 42 años y entonces ocurrió.

¿El qué?
Cada persona tiene en su interior un don que trae magia a su vida y hay que encontrarlo. Nunca pierdas el tiempo con algo en lo que tú no creas.

¿Cómo lo halló?
En alcohólicos anónimos me pidieron un inventario de mi vida. Escribí páginas y páginas y descubrí asombrado que tenía algo que decir.

¿Sobre qué escribe?
Sobre las cosas que he visto y vivido. Uno de mis trabajos fue el de detective privado, así nació el detective Bruno Dante, que me ha dado para cuatro novelas.

¿Qué ha querido contar?
Cada hombre es una estrella.

¿...?
Mi primer libro, Chump Change, cuenta el viaje de un hombre hasta aceptarse y perdonarse a sí mismo. Lo opuesto a la locura no es la cordura, es la alegría. Más allá de la habilidad de sobrevivir está la de aprender cómo ser una persona real.

¿Y cómo?
Cometiendo muchos errores. Cuando llegas al final del precipicio y ves lo que hay abajo, sabes que no puedes seguir. Muchos amigos míos se han tirado y no entiendo por qué yo no me tiré, he tenido suerte.

¿Y qué fue de ellos?
Muertos: drogas, crimen, alcohol, gente muy brillante... Mi hermano, que construyó los pies de una de las naves espaciales que pisaron la Luna, un genio, murió alcoholizado.

¿Llora?
Sí. Yo pensaba que él estaba loco, siempre piensas que son los demás los que están locos, y luego te das cuenta de que tú también lo estás. Era la locura colectiva.

¿Pero por qué tanta locura?
Algunas personas no pueden vivir una vida normal, todo les parece difícil y oscuro, tienen que alterar su mente para soportarlo.

¿Artistas débiles?
No, los artistas intentan resolver su identidad. Fíjese en Shakespeare, demasiadas personas viviendo en su mente. Todos estamos en un viaje para descubrir lo que tenemos en nuestros corazones, no hay nada más que importe.

¿Usted lo ha descubierto?
Si perdonas a los demás estás perdonado. El único pecado es no ser amable con uno mismo y con los otros. Somos demasiado duros.

¿A quién ha tenido que perdonar?
Es una lista muy larga: mis padres, mis mujeres, mis jefes, mis hijos. Y yo también he tenido que pedirles perdón, a ellos y a todas las personas que he estafado: vendía cosas por teléfono y gané mucho dinero, pero mentía a todo el mundo, una vez lo calculé: 48.000 personas.



Locura con humor

Empezamos hablando de las cremas exfoliantes de su mujer, exmodelo: "Muy alta y muy delgada", puntualiza Fante, que es bajito; y acabamos llorando la locura de una generación politoxicómana. En Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia (Sajalín Editores) enlaza la historia de su padre, John Fante -icono de la literatura norteamericana-, con la propia. A los 20 años Dan abandonó Los Ángeles y llegó a Nueva York, donde sobrevivió ejerciendo variopintos trabajos. Veinticinco años más tarde dejó el alcohol y recuperó la vieja máquina de escribir de su padre. Tiene 11 libros publicados, entre ellos 4 novelas que protagoniza Bruno Dante, inspirado en su época de detective.

Entrevista: Ima Sanchís
www.lavanguardia.com

Es la relación.


Carlos Fuentes exclamó con entusiasmo: “¡Qué listo es Platón!”. En una improvisada tertulia de sobremesa irrumpieron a su modo Hermógenes y Crátilo. Participamos sorprendidos y emocionados en el inesperado debate acerca de si las palabras se relacionan con las cosas por convención o por naturaleza. El escritor mejicano no perdió su tiempo ni centró su fijación en una supuesta disputa, algo así como si hubiera de tomarse partido a favor de una u otra posición. Le pareció lo decisivo que la palabra es relación. La extraordinaria voluntad de que los sonidos fueran capaces de ofrecer la esencia de las cosas no hizo sino iluminar la sombra de que las palabras señalen por dónde buscarlas.
Pero subrayar que las palabras son relación es tanto como reconocer que en su seno se gesta un posible relato. Toda palabra conlleva una narración por venir: es un mini-relato, sencillo, accesible. Por eso está viva, es viva, porque es relación, en el relato, en el poema, en el aforismo. Consistir en relacionarse es tanto como saber que la palabra sólo es en verdad tal en su conexión, y que aislada no nos dice nada verdadero. Sin proposición no hay verdad.
De ahí que quienes supuestamente desconsideran el alcance de la palabra, suelen comenzar por vaciarla de contenido antes de proceder a señalar que carece de él. Si consideramos que no tiene que ver con las cosas, acabaremos por reivindicar abstractamente los hechos, como si fueran indiferentes de nuestro decir. De ahí las proclamas solemnes, en general bien intencionadas, de que es tiempo de dejarse de palabras. Lo que necesitamos son hechos. Pero los hechos sin palabras son ciegos. Podría decirse entonces que las palabras sin hechos son vacías, pero ello supondría considerar los hechos como cosas. Y no faltan quienes así lo estiman. Y entonces, sospechan de las palabras. Y es cuando de nuevo Carlos Fuentes resurge leyendo a Platón e insiste: “son relación”. Y es en la relación dónde encuentran su significado y donde en verdad vienen a ser concretos tanto las palabras como los hechos.
En realidad, esta relación entre las palabras y las cosas es primordial sobre lo que ellas presumen ser en su pose indiferente. Su supuesta autosuficiencia no acaba de ocultar que se precisan absolutamente para ser reales. Quizás eso explica la demanda de Fuentes: “Yo no pido que sepan quién es Platón o que hayan leído La Suma Teológica de Santo Tomás. Quiero que sean inteligentes. Que entiendan la realidad del país, que entiendan lo que está pasando, que entiendan el mundo”. Esta petición reclamada para un candidato presidencial alcanza en todo su sentido a quienes desempañan puestos de responsabilidad. Y ha de acompañarse de una constatación, la de que los problemas no se abordan con ideas aisladas, ni con palabras elocuentes y autosuficientes, ni con hechos desligados, ni por individuos desvinculados de los demás. Ideas, palabras, hechos y, sobre todo personas, resultan imprescindibles en su relación y quien los mira separadamente podría llegar a entender algo, lo que resulta necesario pero es a todas luces insuficiente. Es preciso no sólo entender, hay que comprender. Y la comprensión es siempre relación con lo que ocurre, comprensión con aquellos a quienes les ocurre. Sin relación no hay realidad, ni verdad. Ni ideas, ni hechos, ni personas, ni palabra.
Juan osborne9
No es de extrañar que cuando se trata de decir algo de algo o de alguien se caracterice la relación como una de las categorías. Es un modo de ser que es un modo de decir. Por tanto, resulta decisiva, como Aristóteles nos muestra, para determinar lo que concretamente se es. Somos también aquello con lo que, y aquellos con quienes, nos relacionamos. No es sólo que uno tenga relaciones, es que uno es asimismo sus relaciones. La relación es un modo de ser. Es tanto reconocer que somos a su vez lo que decimos y como lo decimos. Así que descuidar las palabras es desatender las relaciones y desatender las relaciones es desatender quiénes somos.
Cuando reclamamos con razón que alguien sea considerado con sus palabras, estamos en realidad demandando a la par que se relacione adecuadamente con nosotros. La forma de convivir, de compartir labores, tareas, trabajos, profesiones, la forma de gobernar, de gobernarnos, de relacionarnos, radica en gran parte en la calidad de la relación. Se trata de reconocer una distancia y de recorrerla con la palabra afable y cordial. En definitiva, la retórica es la negociación de esa distancia. Una buena relación es la mejor palabra, el mejor relato, el mejor discurso.
La relación sin superioridad, la del reconocimiento de que la palabra de cada quien requiere de la de los demás es una forma atractiva y con contenido de solidaridad. La vida es relación. Sin ella no hay propiamente modo de vivir. Nada por tanto menos humano que aislarnos, separarnos, desvincularnos, desarticularnos, desincorporarnos, desmembrarnos. Si, como Ricoeur señala, a la pregunta “quiénes somos” sólo se puede responder con un relato, contando una historia, es a través de nuestras relaciones como nos relatamos y en cierto modo como nos ponemos en evidencia, como nos delatamos.
Que nos relacionemos por convención o por naturaleza no deja de tener interés. Pero habríamos de corresponder con el estilo del escritor mejicano sin quedar fijados en el dedo que señala, y afirmar: ¡Que listo es Carlos Fuentes! Y reconocer que, distraídos en otras búsquedas, en ocasiones ignoramos lo que resulta más determinante: las relaciones.
(Imágenes formadas con palabras: Juan Osborne)

Ángel Gabilondo

Pruebas finales.

Oposiciones2019062011b Hay algo inquietante en eso de hacer pruebas. No digamos si se trata de hacérnoslas. Buscamos pasar satisfactoriamente la situación, deseamos al menos estar bien, quedar aprobados, que se nos dé por bueno lo realizado, que se reconozca lo que hemos demostrado. De una u otra forma hay más exámenes de lo que parece. Quizá la vida es una evaluación continua. Nosotros mismos nos probamos, en numerosos espacios y terrenos estamos a prueba, nos sometemos a un permanente análisis. Y no pocas veces no nos gustan nuestros propios resultados y podemos llegar a ser singularmente exigentes con nosotros mismos. Y defraudarnos o afianzarnos tras las pruebas realizadas. A nuestro modo, conocemos lo que nos falta, lo que no somos ni sabemos.
Pero a veces este juego permanente se pone especialmente serio, ya que de una manera singular resulta más final o definitivo de lo habitual. La ocasión resulta decisiva, o al menos así se plantea para nosotros. Quienes están más cerca saben que es el día, que nos hemos preparado, que aguardamos el momento, que es importante, que ni nos da lo mismo, ni es igual. Nos desean suerte, que nos hará falta, pero conviene no fiarlo absolutamente a ella. Es más, esperamos que no todo esté en sus manos o dependa de nuestro estado de ánimo, o se apoye en las vicisitudes de la coyuntura, sino que lo determinante sea lo que somos capaces de hacer y nuestro conocimiento. No nos parece mal que seamos sometidos a prueba, sino que se entienda final como de una vez por todas, de una sola vez, a una tirada de dados, a una sola carta. Y aún más, deseamos que esa prueba sea razonable, mensurable, transparente, equitativa.
Nos encontraremos en una situación que reclamará una respuesta y habremos de estar a la altura de las circunstancias. Es el momento de mostrarlo y de demostrarlo. Nos pondremos en evidencia, seremos vistos o entrevistados, valorarán lo que somos, lo que tenemos, lo que sabemos, o lo que podríamos llegar a hacer. Nos elegirán o nos eliminarán, nos suspenderán o nos permitirán proseguir. Ojalá todo haya sido bien concebido y las pruebas se desarrollen adecuadamente, porque quizás alguna oportunidad se abra o se clausure. Es momento de confiar en nuestras posibilidades, en nuestras capacidades y en que serán reconocidas, aceptadas, incluso potenciadas. Es tiempo también de sacar lo mejor de nosotros mismos, de responder, de dejarnos de displicencias y de indiferencias y de entregarnos a la ocasión, para que sea efectivamente nuestra oportunidad. Que la tengamos, en cierto modo puede considerarse ya positivamente, y que estemos ahí ante la prueba, pero no siempre deseamos vérnoslas en esta prueba final. Ya su sola denominación nos impone respeto. Nos sentimos convocados y hemos de poner en valor precisamente nuestra valía.
Vadim_vinokurSin embargo, también nos asaltan las dudas y las incertidumbres. Sobre todo las de si estaremos a la altura de las circunstancias, si no nos defraudaremos a nosotros mismos y a quienes tanto esperan de lo que somos capaces. Y esta responsabilidad aparentemente algo sobreañadida resulta decisiva, dado que tanto nos alienta como nos cohíbe. Forma parte de cuanto somos y sentimos. Una vez iniciados en este tipo de coyunturas, poco a poco descubrimos que van impregnándolo todo, que una y otra vez estamos en pruebas, de pruebas, a prueba, tanto que empezamos a sospechar que no son tan incidentales. También en nuestras relaciones personales y en nuestros afectos, ante los amigos y conocidos, nos encontramos examinados, y no sólo por los más cercanos. Nos ven, nos escrutan, nos leen, nos analizan, no cesan de valorarnos. Les importamos lo suficiente como para que nos examinen. Y quizá sea un privilegio, que nos estimula y nos impulsa a mejorar, pero desde luego no es necesariamente cómodo.
Afrontar situaciones semejantes y verse en tamaña tesitura alcanza asimismo a nuestro cuerpo. Y a nuestra salud. No es que resultemos singularmente de interés, es que es lo común. Nos miran, nos examinan, nos escrutan, nos analizan, nos hacen pruebas, nos recetan, nos operan, nos organizan, nos conforman. Nos atienden, y lo agradecemos. Pero ello comporta que nos diagnostiquen y nos pronostiquen. Encuentran adecuado o no, benigno o maligno lo que nos sucede, lo que tenemos, lo que vivimos, y nos proponen medidas y caminos para mejorar. En definitiva, nos juzgan y confiamos en su saber y en su justicia. Y cuando de justicia se trata, las pruebas han de ser efectivamente determinantes. También sobre lo hecho u omitido, hasta el punto de permitir culparnos, inculparnos o exculparnos. Porque efectivamente las pruebas han de probar.
Joven estudiandoEstamos de pruebas y a veces aprobar es tanto como reconocer si somos idóneos o aptos para ser considerados competentes, o sanos, o inocentes, si podemos proseguir o iniciar ciertas tareas, si efectivamente los resultados confirman que más que nunca, se llame como se llame, hemos pasado un examen final. Evitemos en todo caso ciertas palabras. Tanto examen como final. Digamos prueba, evaluación, ejercicio global o parcial… pero ello no impide que sintamos que al menos en esta ocasión estamos ante una situación que resulta determinante. Sabemos bien lo que preferimos y con naturalidad y sin grandes esfuerzos diríamos lo que nos parece mejor. Deseamos aprobar, resolver positivamente la coyuntura, y sentimos que lo necesitamos.
Si no es así, algo nos diremos o nos dirán para sobrellevarlo y probablemente lo superaremos. Si no la primera prueba, sí al menos la que siempre late emboscada en toda encrucijada, en las más elementales. Podemos llegar ser puestos a prueba mucho más de lo previsto, más allá de lo esperable; desde luego, más de lo razonable. Y entonces ya no bastará con superar los resultados. Se tratará de convivir con ellos, lo que no suele resultar fácil en absoluto. Por eso son pruebas finales.
(Imagen: Trabajador pintando, Pastelane; el alpinista Vadim Vinokur escalando; y joven estudiando)

Ángel Gabilondo

14 de mayo de 2012

Viñetas.






Temo a Dios, y después de Dios temo principalmente

al que no le teme.



Muslih-Ud-Din Saadi



1184-1291. Poeta persa.

El marino que lloraba.


Alguna vez he hablado aquí de remordimientos. De lo poco que se llevan en los últimos tiempos, si es que alguna vez se llevaron. De la facilidad con que nos fabricamos, en el acto, excusas útiles para ignorarlos. El estado del bienestar incluye eso, imagino. El bienestar personal a toda costa. El no sentirse responsable, o culpable, de nada. Pero no siempre es así. A veces, el daño infligido a otros sigue presente en nuestra memoria y nos acompaña hasta el final, obligándonos a mirarlo cara a cara. No sé ustedes, pero en mi archivo personal tengo algunos remordimientos, o estragos que tienen mucho que ver con ellos. Fueron muchos años pisando caminos raros y cristales rotos. Y ninguna supervivencia es impune, claro. Algunos, con eso, hacemos novelas. O escribimos artículos como éste.


Era un niño cuando conocí al primer hombre con remordimientos. Alguna vez he dicho -hay días, maldición, en que me parece haberlo dicho casi todo- que crecí entre marinos mercantes, escuchando sus historias de singladuras, temporales y puertos. O al menos las que mi madre les permitía contar delante de una criatura. De todos ellos, incluso más que los capitanes de petroleros amigos de mi padre, mi marino favorito fue siempre mi tío Antonio, capitán de la Trasmediterránea. Solía reunirse con sus dos más queridos amigos, compañeros desde la escuela de Náutica, con los que permaneció unido toda su vida, incluso cuando los tres ya mandaban barcos. Se llamaban Salvador y Ginés. Yo era una especie de sobrino honorario de todos ellos y me gustaban mucho las historias del mar, así que era frecuente que me sentase en su compañía, escuchando mientras fumaban paquetes enteros de Players, bebían café y vaciaban botellas de whisky con etiquetas espectaculares al tiempo que hablaban de amarres en Veracruz, guardias nocturnas en el estrecho de Malaca, temporales en el Atlántico Norte o peleas en los bares de Rotterdam. Eran marinos de verdad. Amos de su barco después de Dios, e incluso antes. Marinos de toda la vida.

Salvador era flaco y moreno, muy afectuoso conmigo, y tenía una hija pequeña de la que yo andaba enamoradísimo. Durante la Segunda Guerra Mundial, con apenas veinte años, Salvador había estado navegando como alumno en un mercante que fue torpedeado en el Atlántico por un submarino alemán. Imaginen el efecto que eso me causaba, y la avidez con que escuchaba el relato cuando la historia surgía de nuevo: el barco navegando sin luces en la noche, la guardia en el puente, el desconcierto tras el impacto del torpedo, los hombres saltando al agua entre las llamas, los supervivientes amontonados en un bote y una balsa, sucios de petróleo, temblando de frío, algunos de ellos heridos. Y los días que pasaron a la deriva, sin comida ni agua, hasta que tuvieron la suerte de ser rescatados.

Era en ese punto donde la historia de Salvador se volvía aún más dramática; y prueba de la impresión que me causó es lo perfectamente que la recuerdo, cincuenta años después, en todos sus detalles. Los supervivientes, como digo, se hacinaban en un bote; y los que no cabían en él, entre ellos varios hombres heridos, iban detrás, en una balsa de madera unida al bote por un cabo. Había una fuerte marejada, con mar que rompía a veces, y los tirones del cabo de la balsa remolcada en la popa del bote hacían que éste embarcase mucha agua, poniéndolo en peligro de hundirse. Se desató a bordo una violenta discusión entre los partidarios de cortar el cabo y dejar la balsa a su suerte, y los que se negaban a abandonar a los compañeros. Quedó la cosa en mantener la balsa a remolque; pero, durante la noche, alguien del bote cortó el cabo. Los despertaron a todos las llamadas de angustia de los hombres que quedaban atrás, a la deriva, gritando en la oscuridad. Sus voces apagándose poco a poco hasta que dejaron de oírse. Y luego, sólo el sonido de las olas, la negrura del mar y el silencio de los hombres callados en el bote. Fueron rescatados tres días más tarde por un destructor inglés; pero de la balsa y sus ocupantes, nunca más se supo.

Oí contar a Salvador tres o cuatro veces aquella historia, y recuerdo muy bien su voz quebrándose al llegar a ese momento del relato. Sus silencios intermitentes y su modo de inclinar un poco la cabeza, mirando con fijeza el cigarrillo que le humeaba entre los dedos o el contenido de su vaso de whisky. «¡No nos dejéis aquí!», decía, recordando las voces que se alejaban en la noche. «¡No nos dejéis aquí!», insistía como si aún escuchara aquellas palabras. Y mientras las repetía una y otra vez, se le llenaban los ojos de lágrimas.

Arturo Pérez-Reverte

Estacionados.

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Las estaciones tienen estabilidad. Se nos ofrecen como referencia, como parámetro, como seguridad. Nos hacen atisbar que algo sabemos sobre quiénes somos, haciéndonos presuponer que conocemos, si no a dónde vamos, al menos a dónde queremos ir. Es uno de los sentidos de viajar, y del calendario, ofrecernos las referencias para serenar nuestro desconcierto y darnos el apoyo y el sustento de unas coordenadas establecidas. Nos permite recuperar las fuerzas. Pero quedar estacionado conlleva tal vez desocupación o estancamiento.
Parecemos estar esperando nuestro momento. Tratamos de irnos. Queremos llegar, pero nos gustaría que también el recorrido fuera interesante, y no sólo el destino. Uno empieza por desear llegar pronto y acaba por preferir ya estar de vuelta. Es como si ese tipo de espera alimentara la sospecha de que aquello de que partíamos no estaba tan mal. En esas situaciones somos capaces de asentir, con un cierto aire de claudicación, que “como en casa no se está en ninguna parte”. Eso supone que las razones que nos movieron ya se agotan con el solo hecho de decidir iniciar el viaje. Todo parece amortizado antes de emprenderse. Como si se deseara constatar que no merece tanto la pena. Para estación, no está mal nuestro propio domicilio. Así que ese tipo de viajes nos asientan donde ya estábamos, nos confirman. Y quizás es lo que peligrosamente nos acecha en todas las aventuras y vicisitudes que comportan vivir: quedar estacionados.
Pero la operación tiene sus riesgos. No pocas estaciones tienen un cierto aire de tanatorio. Y no es sólo el aspecto. Incluso sus comodidades nos ayudan a afrontar una buena despedida. Alguien se va. Quizá nosotros mismos. No es que se acentúen los apuros, ya que más bien todo parece pergeñado para asegurarnos. La espera en espacios amplios, los materiales que remedan mausoleos, y la decoración sin concesiones invitan supuestamente al sosiego y a la serenidad, cuando todo es en verdad inquietud, con dosis de incertidumbre. Se agudiza así la sensación de que estamos en un tiempo muerto. Los largos pasillos, como distribuidores de un ir y venir incesante para embarcar en una nave dispuesta, no es que sean una metáfora, es que son una descripción. Todo es trajín, como si furiosamente huyéramos de algo sin desear demasiado el destino que nos aguarda. Todo deviene hall, sala de espera, antesala de alguna operación, mientras resuena un hilo musical que presagia aún más el desenlace. Nos encontramos en el dilema de emprender el arriesgado desafío o de permanecer anclados en lo que supondría la seguridad de que no hay nada que hacer,
Nele azevedo 1

Aguardar sentado lo que no depende de uno mismo e insiste en producir en nosotros sus efectos no hace sino ratificar lo que probablemente sucederá, aunque no se busque ni se necesite. Todo ha quedado predispuesto para que ocurra. Quizás uno mismo lo desconozca, pero otros lo saben. Parece el momento de esperar y no es fácil hacerlo plácidamente. La incomodidad no radica sin más en la posición sino en la perplejidad.
Nos vamos. Y sin embargo, con una solemne quietud, aguardamos. Tal vez en eso consista haberse ido de verdad. Ya nos llamarán. Contamos con la documentación en regla, a mano, con nuestro billete, con el asiento asignado, con el destino activo y acechante y con el deseo de que la demora no se prolongue ni la partida se postergue. Confiamos en que alguien lo tenga todo bien organizado, alguien que nos ayude y nos conduzca. Entregados así, es difícil no sentirse en una cierta minoría de edad, aquella que más puede experimentarse con los años, la que Kant tanto desaconseja y de la que tanto nos previene.
La vida prosigue a nuestro alrededor. Nos convoca. Pero una cierta indiferencia nos comunica mutuamente. Estacionados, estabulados, depositados, puestos, predispuestos y dispuestos a recibir las indicaciones, los consejos, las órdenes, es momento de aguardar. Aún nos queda la satisfacción de haber, en cierto modo, elegido algo. Tal vez por necesidad o con la confianza de realizar efectivamente un desplazamiento. Por un lado sentimos la confianza de estar “a buen recaudo”, pero esa expresión no deja de ser desazonadora. Nos espera un recorrido, quizás un viaje, pero ya sentimos la urgencia de no quedar supeditados a la posición que se nos ofrece.
Con nuestro equipaje siempre bien vigilado, según se nos dice –lo que aumenta la incertidumbre-, atentos a los avisos y señales, pendientes del horario, de las puertas de embarque o de los andenes propuestos, concentrados en el lugar señalado, en alerta, toca esperar. Algo nos retiene en esa posición, estacionados. Confiamos en que accederemos, en que llegaremos, en que nos vendrán a buscar, en que nos encontraremos en otra situación, con más posibilidades, con más capacidad de decisión y de movimiento, donde no dependamos tanto. Agradecemos la información, nos ayuda a esta confianza, pero reducida nuestra capacidad de respuesta, no dejamos de sentir alguna inquietud.
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Quizá corresponde aguardar, como una estación sucede y antecede a otra y espera su momento. No siempre es fácil ni siquiera reconocerlas, pero se mantienen inexorables, implacables. Ello no impide, antes bien exige, nuestra acción. En efecto, es preciso esperar. Pero ya Heidegger nos enseña en su libro Serenidad (Gelassenheit) que la capacidad de dejar ser no es un acto de pasividad, ni de permisividad, ni de condescendencia. Una cosa es estar a la expectativa y limitarse, por muy alerta que estemos, a reconocer sólo lo que previamente ya nos hemos representado Y otra bien distinta estar a la espera, que exige estar abiertos y dispuestos a lo que quizá de modo imprevisible o diferente a lo supuesto pueda venir a suceder.
Sin embargo, dejar ser no impide saber distinguir, saber elegir y estar dispuesto a hacerlo. No es suficiente con limitarse a ver pasivamente qué pasa, hemos de hacerlo ocurrir y tal vez de otro modo. Siempre y cuando podamos permitírnoslo y seamos capaces de no vivir y de pernoctar permanentemente en las estaciones, desesperanzados, desesperados, sin atender siquiera a las naves en las que jamás embarcaremos. Si incluso la quietud es una forma de movimiento, esperar bien activos puede ser una forma de atender, pero ello tiene también su momento, su tiempo. En ocasiones, todo parece demorarse tanto que sentimos que se posterga nuestro propio vivir. Y cunde algún desánimo y ya empezamos a sospechar que, mientras estacionados aguardamos, vamos perdiendo algunas fuerzas y razones para el viaje. En todo caso, insistimos en que eso sí sería haber llegado, pero a donde en absoluto deseamos. Por eso hemos de persistir en proseguir, y sin demasiadas dilaciones.
(Imágenes: Nele Azevedo, Esculturas de hielo que se derriten en la plaza Gendarmenmarkt de Berlín)



Ángel Gabilondo

13 de mayo de 2012

La percha de Mingote

Una tarde de hace nueve años, mientras esperaba en mi entonces mesa habitual del café Gijón a que los miembros de la RAE votaran sobre mi candidatura, uno de los viejos camareros, que me conocía desde que entré por primera vez en el café siendo un jovencito imberbe, me dijo: «Hubo un tiempo en que tener una silla reservada aquí era más importante que tener un sillón en la Academia».

Y tenía razón. Pero lo que pude averiguar más tarde, una vez dentro, es que había algo aun más importante que un sillón con tu letra en la sala de plenos, e incluso que una mesa reservada en el Gijón: el perchero del vestíbulo de la RAE, con sus perchas de bronce y su bastidor de madera con huecos para el bastón o el paraguas.

Tanto me asombró el descubrimiento, que a las pocas semanas le dediqué un artículo en esta misma página. El perchero de la Academia, se titulaba. En él explicaba su protocolo centenario: cada académico tiene su percha, identificada con el nombre, y debajo encuentra los jueves el correo que recibe. Las perchas, excepto la del director, se asignan por orden de antigüedad. Y con el paso del tiempo, los académicos que mueren dejan su lugar vacante; de manera que los que vienen detrás avanzan percha a percha.


Las vacantes deberían producirse entre los académicos de más edad, pero no siempre es así. Nombres de venerables abueletes ocupan desde hace décadas algunos de los lugares más antiguos, enrocados allí mientras compañeros más jóvenes se quedan por el camino. Son loterías de la vida, registrada puntualmente en ese viejo marcador que nos recuerda, cada jueves, cómo, cada uno a su paso, nos encaminamos todos a la muerte. En lo que a mi nombre se refiere, en noviembre del 93, cuando escribí aquel artículo, ocupaba la penúltima percha, entre Margarita Salas y José Manuel Sánchez Ron.

Hoy tengo diecisiete por detrás.El último hueco en el perchero me ha dejado en el corazón un agujero del tamaño de un disparo de postas: Antonio Mingote era uno de los hombres más afectuosos y cabales que conocí en mi vida. Uno de esos venerables abuelos a los que antes me refería, y que dan a la Academia el tono, el prestigio y la solera. Sobre Antonio se ha dicho tanto en las últimas semanas -algunas veces España deja de ser madrastra ingrata y hace justicia a los mejores,- que insistir aquí sería remachar lo obvio.

Pero no puedo dejarlo irse sin más. Desde que entré en la RAE formábamos parte de la misma comisión del Diccionario, la de Ciencias Humanas; y cada jueves, antes del pleno, nos reuníamos para revisar las definiciones que esa semana tocaban en suerte. Su bondad extrema, su fina caballerosidad, los ejemplos gráficos que garabateaba en los márgenes de las definiciones -conservo como un tesoro el dibujo de la palabra canalillo-, lo hacían entrañable. Silvia, la guapa filóloga de nuestra comisión, lo amaba en secreto. O sin él. En realidad lo amábamos todos.La comisión. No pueden imaginarse lo atrozmente viejo que puedo sentirme estos días, al asistir a ella. Lo incómodamente superviviente, cuando después de colgar mi mochila en el perchero compruebo que la tarjeta con mi nombre se ha movido de nuevo, avanzando otro puesto.

Cuando entro en la salita donde nos reunimos, veo desocupado el lugar de Antonio Mingote y pienso en los huecos que he visto producirse en torno a esa mesa: el queridísimo Antonio Colino, el sensato Castilla del Pino, el muy fumador Ángel González, el excéntrico almirante Álvarez-Arenas, a quien cada tarde saludaba cuadrándome con un taconazo que él agradecía con una sonrisa guasona de sus ojos azules... Sólo dos de quienes hace casi una década me dieron la bienvenida siguen en esa comisión: Gregorio Salvador y José Luis Sampedro. Los otros, Javier Marías entre ellos, vinieron después. Sampedro acude siempre que la salud se lo permite, pero el veterano Gregorio no falla nunca. Está allí jueves tras jueves, ejemplo de académicos perfectos, dando tono y magisterio.

Él y unos pocos más son los últimos nombres legendarios de aquella Academia en la que ingresé tímido y de puntillas, pidiendo perdón por hacerlo. Todavía lo pido cuando me siento en la comisión del Diccionario, a la derecha de Gregorio Salvador -a la izquierda se sentaba Mingote-, y lo miro respetuoso, como un fiel perro de caza miraría a su amo, esperando el dictamen docto, la autoridad definitiva sobre esto o aquello.

En la RAE quedan pocos de los grandes; aunque, por suerte para quienes hablamos la lengua española, allí siguen. Y todavía se les escucha, para irritación de analfabetos e imbéciles. Después, que corra el perchero y el diablo nos lleve a todos.

Arturo Pérez-Reverte

"Nuestros políticos descuidan su coherencia ideoestética"

Patrycia Centeno, periodista especializada en moda


Tengo 29 años. Nací en A Coruña y vivo en Cardona.
Soy periodista. Estoy soltera y sin hijos.
¿Políticamente? ¡Incorrecta!.                            
¿Dios? Creo según la necesidad y el momento.
Rajoy se despreocupa de su indumentaria ¡y nos hace quedar mal!.                            
Las gafas de Artur Mas tienen mensaje. . .




Foto: Roser Villalonga



¿Qué político viste mejor?¡Barack Obama! Un diez. Por cómo viste, la calidad de las telas, cómo las lleva, cómo se mueve... Sabe estar en toda situación, siempre armónico.

¿Cuál es el truco?
Coherencia entre tu aspecto y lo que dices. ¡Ah, y que la Casa Blanca tiene sastre propio para hacer trajes a medida al presidente!

Más importa que gobierne bien, ¿no?
¡Cuidado! La buena gestión política incluye el aspecto y el atuendo: transmiten mensaje. Todo presidente representa a su pueblo: debe dejarlo en buen lugar... aun callado.

¿Qué político le consterna por eso?
Mariano Rajoy. ¡Confiesa que no le preocupa su vestuario! Y se nota. ¡No honra debidamente su dignidad presidencial!

¿Tan mal viste?
No se hace los trajes a medida, son telas mediocres, a menudo la talla le va grande, los lleva sin garbo, un poco encorvado..., y encima son italianos. Ir así a un encuentro con Obama... ¡es hacernos quedar fatal!

¿Aboga usted por el patriotismo textil?
Es un modo de expresar el respaldo a la economía nacional. No todo es lenguaje verbal.

¿Política y moda van de la mano?
La Pasionaria vestía siempre de negro, no por negligencia o inercia, sino por presentarse como correspondía, ¡según confesó ella misma!, "a alguien de mi condición".

¿Qué condición era esa?
La de una persona que representa a la gente humilde. ¡Era consecuente, era coherente!

¿Hoy no lo son nuestros políticos?
Ha habido una crisis ideológica, y derechas e izquierdas se han mimetizado y se han uniformado. Visten igual: ¡uniformados!

Descríbame el uniforme.
Traje oscuro, camisa y corbata. "Todos son iguales", dice la gente. ¡Pero si van de eso!

¿Sin matices?
No hay mensaje vestimentario: imposible discernir izquierda y derecha por la ropa.

Rajoy, visto: critique a Rubalcaba.
En campaña le aconsejaron usar vaqueros para parecer más cercano: sacó unos vaqueros anticuados..., y se le notaba incómodo.

¿Qué político patrio acierta al vestir?
Duran Lleida: impoluto y coherente como conservador..., sabe jugar bien los complementos para parecer más cercano.

¿Qué complementos?
Combina sabiamente colores de corbatas y de montura de gafas: el toque a la moda.

Artur Mas no se quita ya las gafas.
Es un modo de romper su imagen de hombre demasiado perfecto..., y hay un mensaje.

¿Cuál?
"Soy muy responsable, estoy trabajando muchísimo, ¡ved cómo me dejo las pestañas!".

Sutil.
Gallardón se operó de la vista... pero conserva las gafas: dan imagen de solidez intelectual.

¿Lo hizo bien el Aznar presidente?
Pretendía transmitir una imagen endiosada de hiperfortaleza, ¡y lo conseguía! Dejó el cargo y se dulcificó: menos bigote, melena...

¿Qué tal Alicia Sánchez-Camacho?
No es aconsejable operarse en periodo de representatividad política. Y viste demasiado ceñida: marca demasiado su anatomía.

¿Y Merkel?
Quiso un día vestirse como una mujer normal, se excedió con el escote y le llovieron tantas críticas..., que va siempre con traje sastre.

¿Qué consejo le daría a un político para vestir idóneamente?
Cuatro buenos trajes a medida, telas de calidad, cómodo, que aprenda a hacerse bien el nudo de la corbata..., ¡el 90% la lleva mal!

¿Cómo hay que llevar la corbata?
Recta, no torcida. Y que no se vean botones.

También puedes ir bien sin corbata...
El día en que Zapatero anunció que no sería candidato, vistió tejanos, camisa blanca, americana azul...: ¡era él de verdad, al fin!

La camisa blanca, infalible.
Las hay especiales: camisas blindadas. El Príncipe las usa. Tienen aspecto normal, pero son antibalas. Las fabrican en Colombia.

Pero a veces toca disfrazarse un poco.
"Vístete para lo que quieres ser, no para lo que eres", dijo alguien... Lo importante es ser consciente del poder de la imagen.

Póngame algún ejemplo de ese poder.
Yulia Timoshenko: era una oscura empresaria de aspecto inquietante, rostro con ojeras, pelo requemado y moreno... Decidió entrar en política... ¡y transformó su imagen!

Hoy es una cándida rubia, ¿no?
Rubia y con una diadema campesina tradicional de pelo trenzado. Y vestidos claros: es angelical, bondadosa, virginal... ¿Quién pensará que ha roto un plato? ¡Y así gana!

¿Se puede mandar y ser femenina?
Ségolène Royal es un buen modelo. Y Cristina Kirchner, aunque es un poco... excesiva.

¿Y doña Letizia?
Empezó insegura, se retocó... y ahora se siente segura, se siente más reina.

¿Cuál es su opinión acerca de que Fidel Castro pase de la guerrera al chándal?
Con tanta personalidad, puede permitírselo todo... con los colores de la bandera cubana.

No es un hábito muy dictatorial...
El dictador gusta de uniformes militares, entorchados, bandas, gafas oscuras, bigote... El Asad viste a la occidental para engañar, juega a romper la coherencia ideoestética.

Incoherencia ideoestética sería...
Acudir a una manifestación sindical con bufanda Burberry: ¡Cándido Méndez! O ser del partido ecologista Equo y no vestir sólo tejidos ecoéticos: les he preguntado al respecto... y aún estoy esperando la respuesta.



'Política y moda'

Patrycia Centeno es muy joven y dice las cosas claras. No se corta a la hora de valorar la indumentaria de nuestros políticos. Considera que la mayoría se viste para disfrazarse, escudarse, blindarse tras sus previsibles y uniformados trajes, con el propósito último de no dejarse ver de verdad. Eso siembra desconfianza entre la ciudadanía, sostiene Centeno (Políticaymoda.com), y predica que podemos ser elegantes y coherentes, creíbles: la armonía entre lo que mostramos y lo que decimos alimentará nuestra credibilidad personal, lo que para un político debiera ser cosa principal. Sencilla y elegante, predica con el ejemplo y demuestra lo que sabe en Política y moda. La imagen del poder (Península).

Entrevista: Víctor-M. Amela
www.lavanguardia.com

Un modo de proceder.

Jim_Zwadlo___(1)

Conviene cuidar los procedimientos. En gran medida de ello depende la legitimidad y la eficiencia. Los resultados son muy importantes, pero no lo son todo. Ni siquiera para medir la eficacia de algo o de alguien. Son determinantes para valorar una decisión, una acción, una gestión, pero ya Hegel nos previno de que lo verdadero no es sólo el resultado, también lo es el proceso. Y éste no necesita ser kafkiano para ser inadecuado e improcedente. Y de eso se trata, de la relación entre los resultados obtenidos, las condiciones y el procedimiento seguido para lograrlo. No nos referimos ahora al vínculo entre los medios y los fines, sino a la necesidad de un modo de proceder pertinente para avanzar en las soluciones.
En definitiva, hablamos del método, que no es simplemente algo exterior, sino que tiene que ver con el movimiento interno, con el camino emprendido, con los pasos dados. En realidad, méthodos es tanto camino como modo de proceder, a través del cual y durante el cual se anda: toda una experiencia. Semejante encaminarse no se reduce a ser algo metodológico, es metódico. En ocasiones, sencillamente somos desconsiderados con el modo de proceder, con el itinerario. En cierto sentido, el método seguido resulta delator, pone en evidencia nuestro planteamiento y nuestros pasos.
Muy singularmente hemos de de recordar que la democracia es en gran medida procedimiento. Y ello conlleva un modo de ser y de hacer participativo, con cauces, instituciones y articulación de las decisiones. Es importante arbitrarlos y no deja de ser decisivo al respecto el debate sobre las formas de participación y la innovación social que ello requiere. Ese necesario debate incide en la profundización y ensanchamiento de la democracia, como tarea abierta y permanente. Su sentido y alcance es asimismo objeto de deliberación, de modo notablemente relevante en nuestro presente.
Jim_Zwadlo___(13)En gran medida, la legitimidad reside en el procedimiento. Ignorarlo, desconsiderarlo u obviarlo es significativo y denota la actitud y la disposición de quien decide. Especialmente elocuente resulta cuando se desatienden o eluden los pasos que comportan la posibilidad de deliberación, debate, análisis y reflexión, que podrían conducir a una toma de posición. Más aún, cuando se ignoran dejando al margen la posibilidad de una decisión compartida, salvo que se trate de una adhesión a las medidas propuestas. Ello no sólo resta alcance participativo, es que en líneas generales, en nombre de una supuesta eficacia, se le hurta a la decisión fuerza y efectividad.
Resulta imprescindible el procedimiento participativo cuando se trata de instituciones o entidades que han de intervenir activamente en los procesos que se requieren: de transformación, de modernización, de internacionalización, o de mejor rendimiento. La eficacia es la capacidad de lograr el efecto que se desea y espera. Empieza por tanto por mostrar quiénes somos. Y, desde luego, además de convenir que ese efecto deseado o esperado sea compartido, también parece procedente, si no la necesaria convicción, al menos la precaución de tener en cuenta a los agentes del proceso, sin los cuales no será viable la implantación de las medidas adoptadas. Sin procedimiento participativo es tanto como decir sin la anuencia de los que han de obrar, operar y actuar para lograr lo propuesto.
Jim_Zwadlo___(15)

La dotación de mecanismos, de pautas de comportamiento, de órganos consultivos, deliberativos, informativos, decisorios, confirman las dificultades de adoptar medidas que, incluso con la mejor de las intenciones, sin esos pasos carecen además de viabilidad en su ejecución. Pero no es sólo una cuestión de prudencia o de inteligencia práctica. El máximo acuerdo posible siempre comporta procedimiento. Eludir lo burocrático no supone utilizarlo como coartada para prescindir de esos cauces, canales y ámbitos en los que fraguar y crear condiciones para la mejora de los pasos que hayan de darse. Sin este método, los pasos no son menos burocráticos, son menos rigurosos y menos eficaces. La forma es también contenido y las formas son procedimiento que denotan no sólo un modo de proceder sino a su vez un modo de concebir y de concebirse a sí mismo. Y de comportarse.
Reclamar la imprescindible colaboración y cooperación para la ejecución de lo adoptado implica convocar la decisiva intervención para contribuir en su elaboración. Llamar a la vinculación con una decisión sin abrir el espacio de participar plena y activamente en ella, en su necesidad y en su alcance, es tanto como hacer del procedimiento un camino clausurado.
(Imágenes: Jim Zwadlo, transeúntes cruzando pasos de cebra y subiendo escaleras)

Ángel Gabilondo.

Viñetas.

Cuanto más conozco a los hombres, más admiro a los perros.
 
 
 

 

11 de mayo de 2012

CLAM DESESPERAT DELS MARGINATS (JAUME SANTANDREU).

Quaranta anys de viure marginal amb els marginats crec que em donen dret a convertir-me en la seva veu.

Els qui no tenim res a perdre escopim, sense por, les veritats a la cara. Per això als qui tanquen l’Hospital General i Caubet els xisclam: Sou uns lladres i uns criminals.

Lladres, perquè ens robau allò que és nostre L’hospital general és nostre per què som els hereus del Pare Catany. Joan March és nostre perquè és l’únic lloc on trobam esment i temps per guarir les nostres profundes nafres. Vosaltres els governants només sou els nostres administradors. Si els vostres predecessors han administrat malament, esmenau la pleneta però no tanqueu ca nostra.

Criminals, perquè ens condemnau a morir al carrer com a cans ronyosos.

Els més desgraciats de Mallorca alçam el nostre clam.

Governants d’extrema dreta, dictadors de la democràcia, siau valents. Ja que heu arribat als límits dels feixisme donau la darrera passa: Eliminau-nos. La història recent d’ Europa està plena d’exemples a seguir. Tots hi sortirem guanyant La vostra gent s’alliberarà de l’escòria i nosaltres els miserables deixarem de patir.

Covarda jerarquia del silenci, tingueu la dignitat d’un gest. Quan els vostres catòlics del govern tanquin l’Hospital General, vosaltres tancau l’església de la Sang. Tregueu el Sant Crist a la plaça. Així podrà contemplar com agonitzam “els seus fills predilectes”.

Besnéts de la devota Dona Leonor no deshonreu la memòria dels vostres morts. Les ànimes en pena, com la del vostre besavi Joan March, tenen mals arrambatges.

Fa 35 anys els vostres antecessors a la Diputació em portaren davant el tribunal per un article meu titulat “Cien millones robados al hambre”. Hereus directes d’aquell franquisme, feis-me un favor. No em passeu per l’Audiència. Portau-me directament a la presó. Tenc ganes de finir els meus dies entre els vostres prínceps i presidents del Govern.

Jaume Santandreu Sureda

Foto: Jaume Timoner

10 de mayo de 2012

"La dieta más saludable es la dieta paleolítica"

Carlos Pérez, terapeuta y psiconeuroinmunólogo

Tengo 33 años. Nací en Palafrugell y vivo en Sant Feliu de Guíxols.
Uso la nutrición para sanar.                            
Vivo en pareja, sin hijos.
¿Política? Estar bien. Ateo, creo en las verdades científicas.
Hace sólo 200 generaciones que ingerimos harinas, azúcares y lácteos: ¡no estamos adaptados!

Foto: Kim Manresa


Qué es la paleovida?El estilo de vida que modeló a la especie humana.

¿En qué consiste?
En movernos y en comer según cierta dieta.

¿Movernos?
Con los ejercicios que hacían nuestros ancestros: caminar, correr, saltar, empujar, arrastrar, escalar, trepar, reptar... Esfuerzos breves e intensos nos han modelado.

¿Y qué dieta nos hizo como somos?
La del hombre paleolítico: la paleodieta.

¿Qué comía el hombre paleolítico?
Pescado y crustáceos. Verduras, bulbos, bayas y frutas. Y carne y tuétano.

¿Somos carnívoros o vegetarianos?
¡Carnívoros! Las grasas de la carne nos dieron energía, acortaron el intestino y acrecentaron el cerebro. ¡Necesitamos grasas!

Pero la grasas nos engordan...
¡Falso! Las grasas de buena calidad... ¡nos adelgazan! El aceite de oliva virgen extra crudo, los frutos secos y el aguacate, grasas del pescado y de la carne de caza... o de animales que hayan correteado por el campo.

¿Y la carne de animales estabulados?
Es grasa insana. Si el animal corretea, su grasa se infiltra en la carne ¡y es saludable!

¿Y dónde puedo encontrar esa carne?
Puede encontrar carne de calidad: busque por internet y verá. ¡Y evite esa carne que suelta agua al freírla... y queda en nada!

Ah, sí, eso me da mucha rabia.
Es de animal estabulado y cargado de antidiuréticos para retener agua y ganar peso.

Resumo: carne y pescado, y verduras y fruta. ¿Eso es la paleodieta?
Sí. ¡Es lo que habíamos comido siempre!

¿Qué entiende por "siempre"?
Desde que somos humanos, ¡hace 76.000 generaciones! Porque hace sólo 200 generaciones que comemos como ahora. Ah, y hace sólo siete generaciones que comemos azúcares refinados y grasas trans (bollería).

¿Y estos periodos son relevantes?
Mucho: nuestro genoma necesita miles de años para adaptarse a cambios del entorno. Por eso padecemos intolerancias alimentarias: ¡en 200 generaciones no hemos tenido tiempo para adaptarnos a lo que comemos!

¿Qué sucedió hace 200 generaciones que modificó la dieta paleolítica?
Comenzó la agricultura y la ganadería: el paleolítico deja paso al neolítico... y empezamos a comer alimentos nuevos.

Enumere esos alimentos nuevos.
Cereales (trigo, cebada, centeno, arroz...), harinas (de cereales o legumbres), lácteos, azúcares y ciertos aceites vegetales.

Pan, pasta... ¡Es lo que como cada día!
Metabolizar eso nos desgasta y causa intolerancias, cefaleas, malestares, inflamaciones, acné, obesidad, diabetes, patologías...

¿Y la paleodieta evita esas dolencias?
¡Sí! Yo como y bebo según la paleodieta... y me siento rebosante de energía y vitalidad.

¿Cómo se bebe según la paleodieta?
¡Con sed! Somos hijos de la sed, pero hoy estamos matándola. ¡Recupera la sed! Con sed, beber agua es un placer inolvidable.

No suelo tener sed...
Porque te pasas el día bebiendo: un café con leche, un refresco, una copa de vino, otro café, una caña... ¡Estás matando tu sed!

¿Qué me aconseja?
No ingieras líquido alguno (ni fruta jugosa) durante un día: recuperarás la sed. Y entonces..., ¡ah, bebe agua! Sentirás tanto placer... que no querrás ya beber otra cosa, seguro.

O sea: nada de ir bebiendo a cada rato.
Ni nada de ir comiendo varias veces al día.

¿Ah, no? ¿No dicen que es saludable?
Comer un poquito cada pocas horas... fatiga el intestino. ¡Déjalo reposar! El hombre paleolítico pasaba largas horas sin comer nada..., buscando comida. La sed y el hambre nos modelaron. ¡Come con hambre! Será un placer... y sentará bien a tu intestino.

¿Lo hace usted así cada día?
¡Sí! Por la mañana me levanto y me muevo, hago ejercicio paleolítico... y no desayuno. O apenas, quizá un poco de fruta...

¿Qué dice? ¡Siempre me habían dicho que lo más saludable es desayunar fuerte!
Pues el hombre paleolítico no lo hacía. Salía en busca de comida... ¡y se movía! Porque desayunar fuerte te pide luego reposar...

¿Y cuándo podré comer?
A mediodía, ¡con hambre y alegría! Y abundantemente: estamos diseñados para comer mucha cantidad de golpe cuando se puede.

¿Y luego?
Un reposo. Y ya no necesito comer nada durante seis o siete horas. Y mi intestino me lo agradece. Ya de noche, una cena ligerita.

Póngame un ejemplo de ingesta paleolítica, algo concreto que usted coma.
Me como cuatro hamburguesas y un melón. O 300 o 400 gramos de carne o pescado con una escalivada, o con una ensalada, o con verduras salteadas. ¡Y me quedo muy feliz!

¿Se permite comer huevos?
Sí, pero huevos de corral, los que lleven impreso en la cáscara el número 0 (ecológicos) o el 1 (gallinas que se mueven).

¿Qué más incluye la paleovida?
Que nos dé un poco el sol en la piel. ¡Todo esto es la base para tener energía, salud y recursos para ser más feliz! Por desgracia, estamos involucionando como especie...

¿Qué hago para seguir la paleodieta?
Destierra lácteos, pan, pasta, galletas y azúcares: te causan una inflamación subclínica que tiene a tu organismo siempre alerta, agotado, lo que generará patologías autoinmunes, diabetes... ¡La mejor medicina es comer como tus ancestros paleolíticos!


Paleovida

El doctor estadounidense Loren Cordain ha acuñado el término paleodieta para resumir la alimentación humana preagrícola: es la que nuestra especie ha frecuentado durante el 95% de su existencia, la que nos ha modelado, a la que estamos adaptados. Carlos Pérez, máster en Psiconeuroinmunología, ha llegado a la conclusión de que la paleodieta (más la paleogimnasia y otros hábitos que nos han esculpido durante milenios) es la clave para recuperar la salud y el bienestar. Y Pérez predica con la práctica..., y lo cierto es que lo veo en excelente forma. A sus pacientes (www.regenera.cat) les aplica los mismos principios paleolíticos..., y asegura que todos mejoran su calidad de vida.

Entrevista: Víctor-M. Amela
www.lavanguardia.com

Viñetas.

En realidad las cosas verdaderamente difíciles son todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento.
Julio Cortázar




9 de mayo de 2012

Hoy por ejemplo.

27_Archibald_John_Motley,_Jr_(American_Harlem_Renaissance_painter,_1891-1981)_Extra_Paper_1946 Sin duda hoy han ocurrido muchas cosas. Basta atender las noticias. Y no sólo a las que explícitamente lo son. Hoy han nacido y han fallecido muchos seres humanos, algo desde luego relevante. Y aunque muy singularmente para ellos y para sus más próximos, no es indiferente para todos nosotros. Para algunos es el día de su vida, por múltiples razones, pero para todos es nuestro día, el que hoy nos corresponde, el mejor de que disponemos, y requiere nuestra entrega, y espera nuestra respuesta. No se trata de auspiciar con esta ocasión la ignorancia de nuestro pasado o la desconsideración del porvenir, como si ante la complejidad de la situación lo mejor fuera aferrarse a las vicisitudes de la coyuntura del ahora.
No deja de ser desazonador este desvivirse en peripecias, avisos y amenazas, como coartadas no pocas veces paralizantes, que nos sirven para no afrontar con decisión el desafío de cada día. Todo se demora, todo se aplaza y posterga, las incertidumbres interrumpen las iniciativas encaminadas a abordar, a emprender, a responder, a atender. “Ya vendrán mejores tiempos”, se dice, “lo que importa es no ir a peor”. Son tiempos de retener, de mantener, de contener, de conservar. No negamos al planteamiento “su” lógica, pero hay algo peor que el llamativo rótulo de “cerrado por reflexión”, en algún sentido explicable aunque no deja de comportar alguna insensatez. Abordar el inicio del día con el cartel de “clausurado por inanición” supondría darlo ya por amortizado, por finiquitado antes de empezar. Uno no necesitaría ser derrotado por los acontecimientos, ya lo habría sido de antemano. No sólo el día estaría perdido, también nosotros.
No es justo, en todo caso, preconizar las expectativas del día de hoy sin considerar las diferentes situaciones en las que cada cual las puede abordar. Para algunos, sencillamente malas o muy malas. La desigualdad en las oportunidades es razón suficiente para no juzgar ni prejuzgar la actitud de cada quién. No son tiempos de euforias. Tenerlo en cuenta, sin embargo, no excluye decir que hemos de vivirlos del modo más fecundo posible. En todo caso, precisamos, al menos, ciertas alegrías puntuales, algunas de ellas decisivas, y que no hemos de desconsiderar. Cabe reivindicar, sin embargo, el día de hoy y no laminarlo con una proliferación de elementos y de circunstancias que de una u otra forma lo borran. Hay toda una política de aniquilación de requerimientos concretos que siendo pan de cada día, necesidades cotidianas, buscan sustituirse por una vaga expectativa de lo que podría llegar a ocurrir. Quizás una mejora. Así que por ahora aplacemos la jornada de hoy. Y a esperar que pase el día, que más bien parece la noche.
6_Archibald_John_Motley,_Jr_(American_Harlem_Renaissance_painter,_1891-1981)_Black_BeltTal vez convenga aclarar que cuando decimos “hoy” no nos referimos sin más a un día cualquiera, ni a un día determinado. Siempre es hoy. Y por tanto hablamos de cada hoy, concretamente de todos y cada uno. Pero esta certeza es, a decir de Hegel, “la verdad más abstracta y más pobre”, aunque vale como ejemplo inmediato. Como el ahora y como el aquí, simples indiferentes. Se precisaría el movimiento, la experiencia, para definirlo. De lo contrario, decir “hoy” es hablar de todos los hoy. Por eso hoy es un ejemplo, no el de un día cualquiera, sino el de cada irrepetible ocasión que precisamente tenemos de vivirnos. Acuciados, inundados, desafiados, convocados, provocados, llamados desde todos los asuntos y rincones, todo parece orquestado para la distracción más que para la ocupación en los asuntos concernientes a uno mismo y a los otros, al desarrollo personal justo y de la ciudad. Eso sí sin dejar de estar bien preocupados.
Todo se presenta como tan importante, tan decisivo, que resultaría insignificante nuestra acción, lo que esperamos y deseamos, que habría de aplazarse en espera de tiempos mejores. Desconsiderado, por ejemplo el día de hoy, el vivir quedaría postergado por asuntos, supuestamente de mayor importancia. Deambularíamos expectantes, guardando lo que nos queda y aguardando la que nos espera, en la supuesta irrupción de otras y mejores condiciones. Esta posición podría ser la antesala de la inquietante venida de alguien que se propone como el único capaz de sacarnos de este desamparo: un supuesto liberador. Y mientras tanto, atentos a los datos, a los índices, a los riesgos y a las fluctuaciones, aparcaríamos los días, que se desvanecerían en tareas de ida y vuelta. No dejaríamos de hacer recados.
La intensidad del hoy, de cada hoy, no se sustenta en la llegada de los acontecimientos y de su narración. Si es lo que esperamos, o precisamos, quizá nos alcancen nuevas decisiones. Atentos a lo que ocurre podría suceder que no tuviera finalmente mucho que ver con nosotros o, lo que es peor, que nos afectara de modo decisivo sin nuestro concurso. Nos convertiríamos en decorados de un día que nos pasa y ni siquiera atraviesa nuestras vidas. Por eso, el gesto atrevido de acometer radical e intensamente las vicisitudes de cada día, buscando y procurando la máxima creatividad y sentido, tratando de resolver las necesidades a veces más elementales, es una heroica labor. Y tener la fuerza para responder significaría ser capaz de recordar de nuevo que algo depende de nosotros, que alguien nos necesita, que importamos. Y ello no es simplemente una propuesta anímica, un aliento animoso, ni un asunto meramente personal, sino una consideración de enorme calado social y político. Nos cabe esperar que lo que venga tenga que ver también con lo que hagamos.
(Imágenes: Archibald John Motley, Jr., Extra paper; y Black Bell)

Ángel Gabilondo

Traficante de sueños.

Traficante de sueños.
Senegal - Parc National de Djoudj.

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REFLEXIONES EN VOZ BAJA .........

Quién soy yo ?

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Palma, Illes Balears, Spain
Nacido en Alaior (Menorca) - a mucha honra -, llevo 13 años residiendo en Palma. Mi actividad profesional está ligada a ITEM, consultoría empresarial en materia de prevención de riesgos laborales, calidad, medio ambiente y seguridad alimentaria de la que soy Socio - Director. Estoy asociado al Teatre del Mar, Mallorca Solidaria, GOB de Menorca, Juristes sense fronteres, Cruz Roja, ...... socio del Golf de Son Antem (Llucmajor), deporte que intento practicar algún día a la semana. Leo prensa a diario, especialmente Menorca (del día anterior, salvo que esté en la isla), Diario de Mallorca, El País, El Mundo ..... Bien es cierto que consulto a diario 20 medios de comunicación para la elaboración del boletín de noticias que remitimos a nuestros clientes.

Traficante de sueños.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mi todos los sueños del mundo.

Fernando Pessoa

Contador.

Todos los sueños del mundo ......

Todos los sueños del mundo ......
Güeoul - Distrito de Kebemer (Senegal). Escoles fetes per Mallorca Solidaria ONG (Taula per Ruanda).